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El libro de Tobías es considerado deuterocanónico por la Iglesia Católica y las Iglesias Ortodoxas, por lo que no forma parte del canon protestante. Fue escrito originalmente probablemente en arameo o hebreo y narra la historia de un familia judía exiliada en Nínive. Es conocido por su énfasis en la fidelidad a la Ley, las obras de misericordia y la intervención del ángel Rafael.

Tobías

Capítulo 2 — La prueba de Job

1

Cuando volví a mi casa, me fue devuelta mi mujer Ana con mi hijo Tobías. En la fiesta solemne de Pentecostés, que es la fiesta de las semanas, me prepararon una buena comida y me puse a la mesa.

2

Viendo la abundancia de manjares, dije a mi hijo: Ve, y trae a cualquier pobre de nuestros hermanos que se acuerde del Señor, y lo tendré aquí esperando.

3

Volvió, y me dijo: Padre, uno de los nuestros ha sido estrangulado y arrojado en la plaza, y allí yace. Entonces yo, sin haber comido nada, salté de la mesa y saqué al muerto de la plaza y lo puse en una habitación, hasta la puesta del sol, para enterrarlo.

4

Volví, me lavé, comí mi pan con tristeza,

5

me acordé de aquella profecía de Amós, que dijo contra Betel: Se convertirán vuestras fiestas en llanto, y vuestros cánticos en lamentos. Y lloré.

6

Cuando se puso el sol, fui, cavé una sepultura y lo enterré.

7

Mis vecinos se burlaban de mí, diciendo: Ya no tiene miedo; ya fue buscado para morir por este hecho, y huyó, y ahora otra vez entierra a los muertos.

8

Aquella misma noche, después de enterrar al muerto, me lavé, entré en mi patio, me acosté junto a la pared del patio, con el rostro descubierto a causa del calor.

9

No sabía que unos gorriones estaban en la pared sobre mi cabeza. El calor de sus excrementos me cayó en los ojos y me produjo una nube blanca. Fui a los médicos para que me curaran, pero cuanto más me untaban con medicinas, más me cegaban los ojos con las nubes, hasta que quedé completamente ciego. Y estuve cuatro años ciego; todos mis hermanos se afligían por mí, y Ajicar me sostuvo dos años antes de ir a Elymaida.

10

En ese tiempo, mi mujer Ana se ganaba la vida tejiendo telas.

11

Enviaba las telas a sus dueños, y ellos le pagaban; un día del mes séptimo, después de haber acabado sus trabajos, ella misma cortó una pieza y la envió a los dueños, que le pagaron todo el salario y le añadieron un cabrito.

12

Cuando el cabrito entró en mi casa, se puso a balar. Y llamé a mi mujer y le dije: ¿De dónde ha venido este cabrito? ¿Acaso es robado? Devuélvelo a sus dueños, porque no es lícito comer nada robado.

13

Ella me dijo: Me lo han dado de añadidura sobre el salario. Yo no la creí, y le dije que lo devolviera a sus dueños. Ella se puso colorada a causa de mí, y dijo: Así son tus limosnas, así son tus obras justas, bien conocidas son todas.

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