Libro deuterocanónico presente en el canon católico y ortodoxo, pero excluido del canon protestante y judío.
Judit
Capítulo 3 — Sumisión de los pueblos de Occidente
Los pueblos de Occidente enviaron embajadores a Holofernes para pedirle la paz, diciendo:
«Aquí estamos nosotros, siervos del gran rey Nabucodonosor, postrados ante ti. Haz de nosotros lo que quieras.
Nuestras casas y todas nuestras posesiones, todas nuestras llanuras de trigo, nuestros rebaños de bueyes y ovejas, todas nuestras tiendas y todo lo que está en nuestras heredades, están a tu disposición.
Haz de nosotros lo que quieras.
Nosotros también, con nuestros hijos, somos tus siervos.
Ven y toma posesión de nosotros como señor justo, y sírvete de nosotros según tu voluntad.»
Holofernes descendió de las montañas con sus caballeros y su poderoso ejército, y se apoderó de todas las ciudades y de todos los habitantes del país.
De todos los territorios que había sometido, tomó a los hombres más valientes como auxiliares para su guerra.
Tal fue el terror que este ejército infundió a los pueblos, que los principales y los más distinguidos ciudadanos de todas las ciudades salieron a su encuentro con ramos de olivo, para saludarle y aclamarle.
Pero él destruyó sus ciudades y taló sus bosques sagrados.
El rey Nabucodonosor le había ordenado exterminar a todos los dioses de la tierra, para que sólo él, Nabucodonosor, fuera llamado Dios por todas las naciones.
Holofernes recorrió toda la región de Occidente, hacia el gran mar, y también a los que habitaban en Cadés, en Gaza y en la tierra de Gosen.
Acampó entre Gabá y Siquén durante treinta días, y se llevó todos los despojos de las ciudades que había tomado.