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Libro deuterocanónico presente en el canon católico y ortodoxo, pero excluido del canon protestante y judío.

Judit

Capítulo 8 — Oración de Judit pidiendo la victoria

1

Judit, postrada con el rostro por tierra, puso ceniza sobre su cabeza, descubrió el sayo con que estaba vestida, y a la hora en que en Jerusalén se ofrecía el incienso de la tarde en el templo del Señor, clamó al Señor en alta voz, diciendo:

2

«Señor, Dios de mi padre Simeón, que le diste la espada para vengarse de los extranjeros que, en su furor, violaron a una virgen para su vergüenza, y desnudaron el muslo para confusión, y profanaron el vientre para deshonra; porque dijiste: "No se hará así", y ellos lo hicieron.

3

Por eso entregaste a sus príncipes para que fueran muertos, y su lecho, manchado por el engaño, quedó cubierto de sangre; y heriste a los siervos con sus príncipes, y a los príncipes con sus siervos.

4

Y entregaste a sus mujeres como presa, y a sus hijas en cautiverio; y todos los despojos, para ser repartidos entre los hijos que amaste, que se entusiasmaron por tu celo, que abominaron la mancha de su sangre e invocaron tu auxilio. Dios, Dios mío, óyeme, a mí, viuda.

5

Tú hiciste las cosas pasadas, las del presente y las del futuro, y lo que es presente, y lo que es futuro; y tus deliberaciones son firmes, y tus palabras no retroceden.

6

Porque conoces tus caminos y tus juicios, y sabes que ellos son los más apropiados.

7

He aquí que los asirios se glorían en su multitud, se ensoberbecen en sus caballos y jinetes, se enorgullecen de la fuerza de sus soldados de infantería, confían en sus escudos, en sus lanzas, en sus arcos y en sus hondas; y ellos no saben que eres tú el Señor que quebrantas las guerras.

8

El Señor es tu nombre: quiebra sus fuerzas con tu virtud y destruye su violencia con tu ira; porque ellos proyectan profanar tu santuario, manchar el tabernáculo donde reposa tu nombre y derribar con la espada el altar de tu morada.

9

Mira su soberbia, envía tu ira sobre sus cabezas; da a mi mano, que soy viuda, la fuerza para hacer lo que tengo en pensamiento.

10

Hiere, por la astucia de mis labios, al siervo con su príncipe, y al príncipe con su siervo; quebranta su altivez por la mano de una mujer.

11

Tu fuerza no está en la multitud, ni tu poder en los fuertes; sino que tú eres el Dios de los humildes, el auxilio de los pequeños, el protector de los débiles, el refugio de los abandonados, el Salvador de los desesperados.

12

Oye, pues, mi oración, tú, que eres el Dios de toda virtud, y no desprecies las palabras de mi boca, ahora y para siempre.

13

Haz, te ruego, que el engaño de mis palabras sea una llaga y un golpe para aquellos que contra nosotros concibieron cosas crueles.

14

Acuérdate, Señor, de tu alianza, y pon las palabras en mi boca, y fortalece mi corazón, para que tu casa permanezca en tu santidad,

15

y todas las naciones reconozcan que tú eres Dios, y que no hay otro fuera de ti.»

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