El Libro de los Salmos es canónico en el judaísmo (Ketuvim) y el cristianismo (Antiguo Testamento), con su autoridad confirmada por manuscritos antiguos (Qumrán), el Nuevo Testamento y concilios (Hipona, Cartago). La Iglesia Ortodoxa Etíope Tewahedo, sin embargo, tiene un canon más amplio que incluye el Salmo 151 como parte integrante del Salterio, aceptado como Santa Escritura también por las tradiciones Ortodoxa, Siríaca y Armenia, demostrando la diversidad histórica de los cánones bíblicos.
Salmos
Capítulo 104
Bendice, alma mía, a Jehová. Jehová, Dios mío, mucho te has engrandecido; De gloria y de majestad te has vestido.
El que se cubre de luz como de vestidura, El que extiende los cielos como una cortina;
El que pone las vigas de sus aposentos en las aguas, El que hace de las nubes su carruaje, El que anda sobre las alas del viento;
El que hace a sus ángeles espíritus, Y a sus ministros llama de fuego.
El fundó la tierra sobre sus cimientos; No será jamás removida.
Con el abismo, como con vestido, la cubriste; Sobre los montes estaban las aguas.
A tu reprensión huyeron; Al sonido de tu trueno se apresuraron;
Subieron los montes, descendieron los valles, Al lugar que tú les fundaste.
Les pusiste término, el cual no traspasarán, Ni volverán a cubrir la tierra.
Tú eres el que envía las fuentes por los arroyos; Van entre los montes;
Dan de beber a todas las bestias del campo; Mitigan su sed los asnos monteses.
A sus orillas habitan las aves de los cielos; Cantan entre las ramas.
Él riega los montes desde sus aposentos; Del fruto de sus obras se sacia la tierra.
Él hace producir el heno para las bestias, Y la hierba para el servicio del hombre, Sacando el pan de la tierra,
Y el vino que alegra el corazón del hombre, El aceite que hace brillar el rostro, Y el pan que sustenta la vida del hombre.
Los árboles de Jehová se llenan de savia; Los cedros del Líbano que él plantó,
Allí anidan las aves; En las hayas hace su casa la cigüeña.
Los altos montes para las cabras monteses; Las peñas, madrigueras para los conejos.
Hizo la luna para los tiempos; El sol conoce su ocaso.
Pones las tinieblas, y es la noche; En ella corretean todas las bestias de la selva.
Los leoncillos rugen por la presa, Y para buscar de Dios su comida.
Sale el sol, se recogen, Y se echan en sus cuevas.
Sale el hombre a su labor, Y a su labranza hasta la tarde.
¡Cuán numerosas son tus obras, oh Jehová! Hiciste todas ellas con sabiduría; La tierra está llena de tus beneficios.
He allí el grande y ancho mar, En donde se mueven seres innumerables, Seres pequeños y grandes.
Allí andan las naves; Allí ese leviatán que formaste para que jugase en él.
Todos ellos esperan en ti, Para que les des su comida a su tiempo.
Les das, recogen; Abres tu mano, se sacian de bien.
Escondes tu rostro, se turban; Les quitas el hálito, dejan de ser, Y vuelven al polvo.
Envías tu Espíritu, son creados, Y renuevas la faz de la tierra.
Sea la gloria de Jehová para siempre; Alégrese Jehová en sus obras.
Él mira a la tierra, y ella tiembla; Toca los montes, y humean.
A Jehová cantaré en mi vida; A mi Dios salmodiaré mientras viva.
Dulce será mi meditación en él; Yo me regocijaré en Jehová.
Sean consumidos de la tierra los pecadores, Y los impíos dejen de ser. Bendice, alma mía, a Jehová. Aleluya.