En el Canon Estrecho de la Iglesia Ortodoxa Etíope, la Sabiduría de Salomón es un libro canónico incuestionable, enumerado entre los cinco 'Libros de Salomón', junto a Proverbios (dividido en Messale y Täagsas), Eclesiastés y el Cantar de los Cantares. En las tradiciones Católica y Ortodoxa Oriental, se considera deuterocanónico, mientras que en el Protestantismo se clasifica como apócrifo.
Sabiduría de Salomón
Capítulo 14
De nuevo, otro, que se dispone a navegar y a surcar las olas embravecidas, invoca una madera más frágil que la nave que le ha de transportar.
La codicia la ideó, y un artífice la construyó, pero tu providencia, Padre, la gobierna,
porque tú has trazado un camino en el mar, una senda segura en medio de las olas,
mostrando que puedes salvar de cualquier peligro, para que hasta un inexperto pueda embarcarse.
Tú quieres que las obras de tu sabiduría no sean inútiles; por eso los hombres confían hasta su vida a un madero y, atravesando el oleaje en una frágil barca, se salvan.
Así en otro tiempo, cuando perecían los gigantes soberbios, la esperanza del mundo, refugiada en una barca, guiada por tu mano, dejó al mundo la semilla de una nueva generación.
Bendita la madera que sirve para obra tan justa.
Pero el ídolo fabricado por la mano es una maldición, y maldito su artífice, por haberlo trabajado; y la cosa corruptible, por haberla llamado dios.
Ambos son igualmente abominables a Dios, el impío y su impiedad;
y el castigo alcanzará a la hechura juntamente con su autor.
Por eso también serán castigados los ídolos de las naciones, porque, siendo criaturas de Dios, se han convertido en abominación, en escándalo de las almas humanas, en lazo para los pies de los insensatos.
La invención de los ídolos fue el principio de la fornicación, y su descubrimiento, la corrupción de la vida.
No existían desde el principio ni durarán eternamente.
Entraron en el mundo por la vanidad humana, por eso pronto les espera el fin.
Un padre, consumido de dolor por la muerte prematura de un hijo, hizo una imagen de él, arrebatado tan pronto; luego empezó a honrar como a un dios a quien había sido un difunto, y traspasó a sus dependientes los misterios y los ritos.
Con el tiempo esta costumbre inicua se consolidó y se guardó como ley; las efigies esculpidas fueron adoradas por mandato de los tiranos.
A quienes no podían honrar en persona, por vivir lejos, imaginaban su aspecto a distancia, y fabricaban una estatua visible del rey a quien querían honrar, para adular al ausente con aquella solicitud, como si estuviera presente.
La ambición del artista contribuyó a extender este culto entre los mismos ignorantes.
El artista, queriendo complacer al soberano, esforzó su pericia para mejorar la semejanza,
y la muchedumbre, atraída por el encanto de la obra, consideró como objeto de culto al que poco antes veneraban como hombre.
Y esto fue ocasión de que el mundo, sumido en la amargura, obedeciera a los tiranos, atribuyendo el nombre inefable a piedras y maderos.
Y no les bastó con este error acerca del conocimiento de Dios; sino que, viviendo en una gran guerra de ignorancia, dan a tantos males el nombre de paz.
Celebrando ritos infanticidas o misterios secretos o desenfrenadas orgías de extraños ritos,
ya no respetan ni la vida ni la pureza del matrimonio; unos a otros se asesinan traidoramente o se causan mutuo dolor con el adulterio.
Todo es una mezcla de sangre, asesinato, robo, engaño, corrupción, infidelidad, desorden, perjurio,
confusión de lo bueno, olvido de los favores, depravación de las almas, homosexualidad, desorden en el matrimonio, adulterio y libertinaje.
El culto de los ídolos innombrables es el principio, la causa y el fin de todos los males.
Pues sus adoradores, o se exaltan hasta la locura, o profetizan mentiras, o viven en la injusticia, o perjuran con ligereza.
Esperando protección en ídolos sin vida, creen que pueden jurar en falso impunemente.
Pero por una y otra causa les alcanzará la justa condena: porque pensaron mal de Dios, consagrando su culto a los ídolos, y porque juraron injustamente, despreciando fraudulentamente la santidad.
No es el poder de aquellos por quienes juran, sino el castigo debido a los pecadores lo que persigue siempre la injusticia de los transgresores.