El libro de Eclesiastés (Cohélet) es parte de los libros sapienciales del Antiguo Testamento. Su canonicidad es aceptada por todas las tradiciones cristianas y judías, aunque en el judaísmo se debatió su inclusión debido a su tono escéptico.
Eclesiastés
Capítulo 12
Acuérdate de tu Creador en los días de tu juventud, antes de que lleguen los días malos y se acerquen los años en los que digas: «No encuentro gusto en ellos»;
antes de que se oscurezcan el sol y la luz, la luna y las estrellas, y se vuelvan las nubes después de la lluvia;
cuando tiemblen los guardianes de la casa, se encorven los hombres fuertes, se paren los molinos por falta de gente, se oscurezcan las que miran por las ventanas;
se cierren las puertas de afuera; cuando baje el ruido de la muela, y se despierte uno al canto de las aves, y enmudezcan todas las cantoras;
cuando se tema a las alturas y los peligros del camino; cuando el almendro florezca, la langosta se arrastre, la alcaparra no dé fruto, pues el hombre se va a su morada eterna, mientras los plañideros rondan la calle;
antes de que se rompa la cadena de plata, se quiebre el cuenco de oro, se haga añicos el cántaro junto a la fuente, y se rompa la polea junto al pozo,
y el polvo vuelva a la tierra, como era antes, y el espíritu vuelva a Dios, que lo dio.
Vanidad de vanidades, dice Cohélet, todo es vanidad.
Además de ser sabio, Cohélet enseñó al pueblo la sabiduría, y escudriñó y compuso muchos proverbios.
Buscó el modo de decir palabras agradables, y escribió con rectitud palabras de verdad.
Las palabras de los sabios son como aguijones; como clavos hincados son los de las colecciones, pues son dadas por un solo pastor.
Por lo demás, hijo mío, no te dediques a buscar más, porque al hacer muchos libros no hay fin, y el mucho estudio es fatiga para la carne.
Fin del discurso. Todo está dicho. Teme a Dios y guarda sus mandamientos, porque esto es el todo del hombre.
Porque todas las obras, lo bueno y lo malo, Dios las someterá a juicio, sea bueno, sea malo.