El Eclesiástico, también conocido como Sabiduría de Jesús Ben Sirá o simplemente Sirácida, es un libro deuterocanónico aceptado en la Biblia Etíope, Católica y Ortodoxa Oriental. Es considerado apócrifo en el protestantismo. El autor es Jesús Ben Sirá, escrito originalmente en hebreo alrededor del 180-175 a.C. y traducido al griego por su nieto aproximadamente en el 132 a.C.
Eclesiástico
Capítulo 17
El Señor creó al hombre de la tierra, y otra vez le hace volver a ella.
Le concedió días contados y un tiempo breve, y le dio poder sobre cuanto hay en ella.
Les infundió fuerza como a él, y los hizo a su imagen.
Puso en todas las carnes el temor del hombre, y le dio el señorío sobre las bestias y las aves.
Les hizo lengua y ojos, oídos y corazón para entender.
Los llenó de ciencia e inteligencia, y les enseñó el bien y el mal.
Puso su ojo en sus corazones, para mostrarles la grandeza de sus obras,
para que alabasen el nombre de su santidad y pregonasen sus grandezas.
Añadióles la ciencia, y les dio por herencia la ley de vida.
Estableció con ellos alianza eterna, y les manifestó sus mandamientos.
Vieron con sus ojos la grandeza de su gloria, y sus oídos oyeron su gloriosa voz.
Les dijo: «Guardaos de toda iniquidad»; y a cada uno mandó acerca del prójimo.
Siempre están delante de él sus caminos, no se ocultan a sus ojos.
Todas sus obras, como el sol, están delante de él, y sus ojos están fijos en sus senderos.
No se le ocultan sus iniquidades; todos sus pecados están delante del Señor.
Su limosna es como un sello en sus manos, y guarda los beneficios del hombre como a las niñas de sus ojos.
Después se levantará para retribuirles, y sobre sus cabezas cargará su recompensa.
Pero a los que se arrepienten, les concede el regreso, y consuela a los que pierden la esperanza.
Conviértete al Señor, y deja tus pecados;
ora ante su rostro, y disminuye el tropiezo.
Vuelve al Altísimo, apártate de la iniquidad, y aborrece intensamente la abominación.
¿Quién alabará al Altísimo en el abismo, en lugar de los que viven y dan gracias?
Muerto el hombre, cesa la alabanza; quien vive y tiene salud, alaba al Señor.
¡Cuán grande es la misericordia del Señor, y su perdón para los que se convierten a él!
Porque no todo lo puede el hombre, pues el hijo del hombre no es inmortal.
¿Hay cosa más brillante que el sol? Sin embargo, se eclipsa. Así la carne y la sangre conciben el mal.
El Señor mira el ejército del alto cielo, y los hombres todos son polvo y ceniza.