El Eclesiástico, también conocido como Sabiduría de Jesús Ben Sirá o simplemente Sirácida, es un libro deuterocanónico aceptado en la Biblia Etíope, Católica y Ortodoxa Oriental. Es considerado apócrifo en el protestantismo. El autor es Jesús Ben Sirá, escrito originalmente en hebreo alrededor del 180-175 a.C. y traducido al griego por su nieto aproximadamente en el 132 a.C.
Eclesiástico
Capítulo 38
Honra al médico por la necesidad que tienes de él, porque también el Altísimo le ha creado.
Porque del Altísimo viene la curación, y del rey recibirá sus dones.
La ciencia del médico le hará levantar cabeza, y será admirado por los grandes.
El Altísimo creó los medicamentos de la tierra, y el hombre sensato no los desprecia.
¿No fue el agua endulzada por un leño, para que los hombres conocieran su poder?
Dio a los hombres la ciencia, para que se gloriaran de sus maravillas.
Con ellos cura y aplaca el dolor, y el boticario prepara la mixtura.
Las obras de Dios no tienen fin, y del Señor viene la paz sobre la tierra.
Hijo mío, en tu enfermedad no desprecies tu vida; ora al Señor, que él te curará.
Apártate del pecado y endereza tus manos, y de toda transgresión purifica tu corazón.
Ofrece incienso y memorial de flor de harina, y haz ofrenda pingüe como quien ya no existe.
Entonces da paso al médico, que también le creó el Señor; que no se aparte de ti, porque le necesitas.
Hay tiempo en que todo les va bien.
Porque también ellos ruegan al Señor para que les conceda diagnosticar y curar, y prolongar la vida.
El que peca delante de su Hacedor, ¡caiga en manos del médico!
Hijo mío, por el muerto derrama lágrimas, y como quien sufre un gran dolor, comienza la lamentación; luego, según el rito, cubre su cuerpo, y no descuides su sepultura.
Llora amargamente, date a grandes lamentos, y haz el duelo según su dignidad, un día o dos para evitar críticas, y luego consuélate de la tristeza.
Porque de la tristeza viene la muerte, y la tristeza del corazón abate las fuerzas.
En la aflicción también permanece la tristeza, y la vida del pobre es una maldición para el corazón.
No entregues tu corazón a la tristeza; aléjala de ti, y acuérdate del fin.
No olvides que no se vuelve atrás; no le harás ningún bien, y a ti mismo te dañarás.
Acuérdate de mi juicio, que también el tuyo será; para mí ayer, para ti hoy.
Cuando el difunto descanse, haz descansar también su recuerdo, y consuélate cuando haya exhalado su espíritu.
La sabiduría del escriba se adquiere en los ratos de ocio, y el que tiene pocos negocios se hará sabio.
¿Cómo podrá hacerse sabio el que maneja el arado, y cuya gloria es manejar la aguijada, que conduce los bueyes, anda en sus faenas y sólo de bueyes habla?
Él pone su corazón en surcar los surcos, y su desvelo es cebar a las novillas.
Lo mismo el artesano y el carpintero, que trabajan de noche y de día, los que graban piedras de sellar, con mucho afán por variar los dibujos; dedican su corazón a copiar el dibujo, y su desvelo en acabar la obra.
También el herrero, sentado junto al yunque, considerando la pieza de hierro; el vaho del fuego le chamusca la carne, y con el calor de la fragua lucha; el ruido del martillo le ensordece, y sus ojos están fijos en el modelo de la pieza; dedica su corazón a terminar su obra, y su desvelo en adornarla a la perfección.
Lo mismo el alfarero, sentado a su trabajo, que hace girar el torno con sus pies, siempre preocupado por su obra, y todo su trabajo es por número.
Con su brazo amasa el barro, y con sus pies domina su dureza; se preocupa por acabar el esmalte, y su desvelo es limpiar el horno.
Todos éstos ponen su confianza en sus manos, y cada cual se afana en su oficio.
Sin ellos no se funda una ciudad, ni se habita en ella ni se pasea.
Pero no serán elegidos para el consejo del pueblo, ni tendrán puesto en la asamblea; no se sentarán en la silla del juez, ni entenderán la sentencia del derecho; no harán brillar la instrucción ni el derecho, ni se encontrarán en los proverbios.
Pero ellos mantienen la estabilidad de la creación, y su oración está en la obra de su oficio.