El Eclesiástico, también conocido como Sabiduría de Jesús Ben Sirá o simplemente Sirácida, es un libro deuterocanónico aceptado en la Biblia Etíope, Católica y Ortodoxa Oriental. Es considerado apócrifo en el protestantismo. El autor es Jesús Ben Sirá, escrito originalmente en hebreo alrededor del 180-175 a.C. y traducido al griego por su nieto aproximadamente en el 132 a.C.
Eclesiástico
Capítulo 43
Orgullo de las alturas, firmamento diáfano, aspecto del cielo, gloria de las estrellas.
El sol, al aparecer, proclama: «¡Qué obra admirable, la del Altísimo!»
Al mediodía abrasa la tierra; ¿quién puede soportar su ardor?
Hombre que aviva el horno sufre el ardor, pero el sol tres veces más; abrasa las montañas, exhala vapores de fuego y, lanzando vivos rayos, deslumbra los ojos.
Grande es el Señor que lo hizo, y a su orden corre veloz.
Hizo también la luna, para medir los tiempos, para durar hasta el fin, signo de las fiestas.
De la luna, las fiestas; astro que mengua en su plenitud.
El mes lleva su nombre, crece admirablemente en su cambio, aparato del ejército de lo alto, fulgor en el firmamento del cielo.
El esplendor de las estrellas es hermosura del cielo, adorno que resplandece en las alturas del Señor.
A la palabra del Santo, se presentan en orden, y no se cansan en sus guardias.
Mira el arco iris y bendice a su Hacedor; es hermosísimo en su resplandor.
Rodea el cielo con su círculo de gloria, y las manos del Altísimo lo han tensado.
Con su mandamiento hace precipitar la nieve, y los relámpagos ejecutan su juicio.
Por eso se abren los depósitos, y las nubes vuelan como aves.
Con su poder condensa las nubes, y las piedras de granizo saltan hechas pedazos.
A su vista se estremecen los montes, y a su voluntad sopla el viento del sur.
El fragor de su trueno hace temblar la tierra, y la tormenta del norte y el ciclón. Esparce la nieve como pájaros que se posan, y su caída es como langostas.
El ojo se maravilla de la hermosura de su blancura, y el corazón se asombra de su abundancia.
También la escarcha, como sal, la derrama sobre la tierra; helada, se vuelve como puntas de espinas.
El viento del norte sopla frío, y el hielo congela la superficie del agua; sobre toda extensión de agua se posa, y de agua se viste como coraza.
Devora las montañas y abrasa el desierto, y, como fuego, consume la hierba.
Repentina curación lo alivia todo, un rocío después del bochorno lo alegra todo.
A su palabra se calma el abismo, y en él plantó las islas.
Los que navegan el mar cuentan sus peligros, y al oírlo con nuestros oídos nos admiramos.
Allí están sus obras extrañas y admirables, toda clase de animales y los monstruos marinos.
Gracias a él, su mensajero llega felizmente, y todas las cosas subsisten por su palabra.
Podríamos decir muchas cosas y no acabar; y, para concluir: «Él es todo».
¿Dónde hallaremos fuerza para glorificarle? Porque él es el grande, por encima de todas sus obras.
Terrible es el Señor, muy grande, y admirable es su poder.
Ensalcad al Señor cuanto podáis, que él aún excede; exaltadle con todas vuestras fuerzas, no desfallezcáis, que no llegáis.
¿Quién le ha visto para poder contarlo? ¿Quién le ensalzará como él es?
Muchas cosas más que éstas hay escondidas, porque sólo una pequeña parte de sus obras hemos visto.
Porque el Señor ha hecho todas las cosas, y a los que le temen ha dado sabiduría.