El Eclesiástico, también conocido como Sabiduría de Jesús Ben Sirá o simplemente Sirácida, es un libro deuterocanónico aceptado en la Biblia Etíope, Católica y Ortodoxa Oriental. Es considerado apócrifo en el protestantismo. El autor es Jesús Ben Sirá, escrito originalmente en hebreo alrededor del 180-175 a.C. y traducido al griego por su nieto aproximadamente en el 132 a.C.
Eclesiástico
Capítulo 44 — Elogio de los Padres
Hagamos el elogio de los hombres ilustres, de nuestros padres según su sucesión.
El Señor les concedió gloria espléndida, manifestó su grandeza desde los siglos.
Dominaron en sus reinos, fueron hombres famosos por su fuerza, consejeros por su inteligencia, anunciaron las profecías,
príncipes del pueblo por sus decretos, sabios en la palabra, maestros de la tradición,
inventores de la música, autores de poesías escritas,
hombres ricos, poderosos, que vivían en paz en sus moradas.
Todos ellos fueron honrados en su generación, y en sus días motivo de orgullo.
Algunos de ellos han dejado nombre, para que se proclame su alabanza.
Y de otros no queda memoria, perecieron como si no hubieran existido, son como si nunca hubieran nacido, ellos y sus hijos después de ellos.
Pero los que hemos nombrado fueron hombres piadosos, cuyas virtudes no han sido olvidadas.
En su descendencia perdura una rica herencia, sus hijos están dentro de la alianza.
Su linaje se mantiene firme, y sus hijos, por causa de ellos.
Su descendencia permanecerá por siempre, y su gloria no se borrará.
Sus cuerpos fueron sepultados en paz, y su nombre vive por generaciones.
Los pueblos cuentan su sabiduría, y la asamblea proclama sus alabanzas.
Henoc agradó al Señor y fue arrebatado, ejemplo de arrepentimiento para las generaciones.
Noé fue hallado perfecto y justo; en tiempo de ira fue el reconciliador; por eso fue preservado como remanente para la tierra, cuando vino el diluvio.
Con él se estableció una alianza eterna, de que no sería destruida toda carne por el diluvio.
Abrahán, padre de numerosas naciones, nadie le igualó en gloria.
Observó la ley del Altísimo y entró en alianza con él; en su carne estableció la alianza, y en la prueba se mostró fiel.
Por eso el Señor le juró que por su descendencia serían bendecidas las naciones, que le multiplicaría como el polvo de la tierra, y exaltaría su descendencia como las estrellas, y les daría en herencia de mar a mar, y desde el Río hasta los confines de la tierra.
A Isaac también le confirmó, por respeto a Abrahán su padre, la bendición para todas las naciones y la alianza,
y la hizo recaer sobre la cabeza de Jacob. Le reconoció en sus bendiciones, le dio la herencia y le repartió su porción; distribuyó las doce tribus.