En la tradición hebrea, el libro se llama 'Eikhah' ('¡Cómo!'), por la primera palabra del texto. En las Biblias cristianas sigue al libro de Jeremías, ya que tradicionalmente se atribuye a este profeta, quien habría compuesto estas elegías tras la destrucción de Jerusalén por los babilonios en el 586 a.C. Es uno de los 'Cinco Rollos' (Megillot) leídos en el noveno día del mes de Av, que conmemora la caída del Primer y Segundo Templo.
Lamentaciones
Capítulo 4 — El castigo de Sion consumado
¡Cómo se ha oscurecido el oro! ¡Cómo el buen oro ha perdido su brillo! Las piedras del santuario están esparcidas por las encrucijadas de las calles.
Los hijos de Sion, estimados por el peso del oro, ¿Cómo son tenidos por vasijas de barro, obra de manos de alfarero?
Aun los dragones sacan la mama, dan de mamar a sus crías; La hija de mi pueblo es cruel, como los avestruces en el desierto.
La lengua del niño de pecho se pegó a su paladar por la sed; Los niñitos pidieron pan, y no hubo quien se lo diese.
Los que comían delicadamente, asolados fueron por las calles; Los que se criaron en púrpura, abrazaron los muladares.
Mayor fue la iniquidad de la hija de mi pueblo que el pecado de Sodoma, la cual fue trastornada en un momento, y no se trabajaron manos sobre ella.
Sus nazareos eran más blancos que la nieve, más resplandecientes que la leche; Sus cuerpos más rojos que las piedras preciosas, como zafiro hermosos.
Oscuro más que la negrura es su semblante; no los conocen por las calles; Su piel está pegada a sus huesos, seca como un palo.
Más dichosos fueron los muertos a espada que los muertos del hambre; Porque éstos murieron poco a poco por falta de los frutos de la tierra.
Las manos de mujeres misericordiosas cocieron a sus hijos; Les sirvieron de comida en el quebrantamiento de la hija de mi pueblo.
Cumplió Jehová su enojo, derramó el ardor de su ira; Encendió fuego en Sion, y consumió sus fundamentos.
Nunca los reyes de la tierra, ni todos los que habitan en el mundo, creyeron que el enemigo y el adversario entrarían por las puertas de Jerusalén.
Fue por los pecados de sus profetas, por las iniquidades de sus sacerdotes, que derramaron en medio de ella la sangre de los justos.
Anduvieron como ciegos en las calles, manchados con sangre; No pudieron tocar sus vestidos.
¡Apartaos! ¡Inmundo! Les gritaban; ¡Apartaos, apartaos, no toquéis! Cuando huían, eran traspasados; Y dijeron entre las naciones: Nunca más morarán aquí.
La ira de Jehová los apartó; nunca más los mirará; No respetaron la faz de los sacerdotes, ni tuvieron compasión de los ancianos.
Todavía nuestros ojos desfallecían buscando en vano nuestro auxilio; En nuestra atalaya esperábamos a una gente que no puede salvar.
Acechaban nuestros pasos, para que no anduviésemos por nuestras calles; Se acercó nuestro fin, se cumplieron nuestros días; porque nuestro fin había llegado.
Ligeros fueron nuestros perseguidores más que las águilas del cielo; Sobre los montes nos dieron caza, en el desierto nos pusieron emboscada.
El resuello de nuestras narices, el ungido de Jehová, fue preso en sus hoyos; De aquel que habíamos dicho: A su sombra tendremos vida entre las naciones.
Gózate y alégrate, hija de Edom, la que habitas en tierra de Uz; Aun hasta ti pasará el cáliz; te embriagarás y vomitarás.
Acabó tu castigo, oh hija de Sion; nunca más te hará llevar cautiva; Castigará tu iniquidad, oh hija de Edom; descubrirá tus pecados.