En el canon bíblico etíope, el Libro de Baruc forma parte del 'Ciclo de Jeremías', que incluye textos adicionales no encontrados en las Biblias occidentales. En la tradición occidental, Baruc es un libro deuterocanónico. En muchas Biblias, la Carta de Jeremías (capítulo 6 de Baruc) se presenta como un libro separado. En la versión Reina-Valera 1960 (RVR1960), la Carta de Jeremías está incorporada como el capítulo 6 de Baruc.
Baruc
Capítulo 6 — Carta de Jeremías
Traslado de la carta que envió Jeremías a los que habían de ser llevados cautivos a Babilonia por el rey de los babilonios, para hacerles saber lo que Dios le había mandado.
Por los pecados que habéis cometido delante de Dios, seréis llevados cautivos a Babilonia por Nabucodonosor, rey de los babilonios.
Cuando hubiereis entrado, pues, en Babilonia, estaréis allí muchos años, largos tiempos, hasta siete generaciones; y después de esto os sacaré de allá con paz.
Ahora, pues, veréis en Babilonia dioses de plata, de oro y de madera, que son llevados en hombros, los cuales infunden temor a los gentiles.
Mirad, pues, no os hagáis semejantes a los extraños, ni os infundáis temor de ellos, cuando veáis la multitud de los que van delante y detrás de ellos adorándolos.
Mas vosotros decid en vuestros corazones: A ti, oh Señor, debemos adorar.
Porque mi Ángel está con vosotros, y yo mismo cuidaré de vuestras almas.
La lengua de ellos la pulen los artífices; aun ellos mismos están recubiertos de oro y de plata; mas son mentirosos, y no pueden hablar.
Y como a una doncella a quien aman los vestidos, toman oro y se hacen coronas para las cabezas de sus dioses.
Y aun los sacerdotes toman del oro y de la plata de sus dioses y lo gastan en ellos mismos.
También dan de ellos a las rameras, y atavían a los dioses de plata, de oro y de madera como a hombres; y ellos se visten de púrpura;
pero no se guardan del moho ni de la polilla.
Púrganlos después de haber estado cubiertos del polvo del templo.
Tiene cada uno de ellos un cetro, como un hombre juez de la provincia; mas no matan al que contra ellos pecare.
Tiene también cada uno de ellos espada y hacha en la diestra; mas no se libran a sí mismos de guerra ni de ladrones.
Por lo cual se os hace manifiesto que no son dioses; no los temáis, pues.
Porque así como a una vasija quebrantada ninguna utilidad saca el hombre,
así son sus dioses. Puestos en las casas, sus ojos están llenos del polvo de los pies de los que entran.
Y como las puertas están guardadas de todas partes para que no entren ladrones, así los sacerdotes a sus dioses con muchas cerraduras y cerrojos los guardan de noche y de día, no sea que los roben.
Encienden candiles, y aun muchos, de los cuales no pueden ver ni a uno solo; mas están como las vigas de la casa;
de sus cuerpos, según dicen, se come la carcoma que de la tierra nace; ellos y sus vestidos, no lo sienten.
Su rostro se pone prieto del humo que en la casa se hace.
Sobre sus cuerpos y sobre sus cabezas vuelan búhos, golondrinas y otras aves, asimismo los gatos.
Por lo cual sabed que no son dioses; no los temáis, pues.
El oro que tienen para hermosura, si no lo limpia alguno del moho, no resplandece; porque aun cuando ellos se fundían, no lo sentían.
En precio fueron comprados; mas no hay espíritu en ellos.
Sin pies son llevados sobre hombros, mostrando así a los hombres su vileza; también sean avergonzados los que los honran.
Por tanto, si acaso cayere alguno de ellos a tierra, por sí mismo no se puede levantar; ni si alguno lo pusiere derecho, no se puede mover por sí mismo; y si se inclinare a alguno, nunca se levanta a sí mismo; mas como a los muertos, así les ponen ofrendas.
Las cosas que se sacrifican a ellos, venden sus sacerdotes y dan a sus mujeres; de ellas no dan nada a los enfermos ni a los pobres.
Las mujeres menstruosas y las parturientas tocan sus sacrificios. Por lo cual sabed que no son dioses; no los temáis, pues.
¿Por qué aun los llamáis dioses? Pues las mujeres sirven a los dioses de plata, de oro y de madera.
Y en sus templos se sientan los sacerdotes, rotas las ropas, trasquiladas las cabezas y rapadas las barbas, las cabezas descubiertas.
Y gritan delante de sus dioses como los que en las cenas del muerto hacen.
Toman los sacerdotes de sus vestidos, y visten a sus mujeres y a sus hijos.
Y si alguno malo los trata, o bien, no lo pueden pagar; no pueden poner rey, ni quitarlo.
Asimismo no pueden dar riquezas, ni moneda; y si alguno les hiciere voto, y no lo cumpliere, no lo demandarán.
No libran a nadie de la muerte, ni entregan al débil del fuerte;
ni vuelven al ciego su vista, ni libran al hombre de la necesidad.
Ni tienen misericordia de la viuda, ni hacen bien al huérfano.
Estos dioses de madera, de plata y de oro, que de piedras del monte son semejantes, serán avergonzados los que los honran.
¿Cómo, pues, se ha de pensar o decir que son dioses? Y aun los caldeos mismos los deshonran, cuando a un mudo le presentan un perro para hablar,
y ellos perdonan a los que no pueden hablar, mas no pueden hacerles que hablen.
Y las mujeres, con cuerdas sentadas a los caminos, encienden huesos de olivas;
y si alguna de ellas, tomada de alguno que pasa, durmiere con él, a su compañera afrenta, diciéndole que no es tenida en dignidad como ella, ni está rota su cuerda.
Todo lo que de ellos se hace, es mentira. ¿Cómo, pues, se ha de pensar o decir que son dioses?
Son hechos de carpinteros y de plateros; no serán otra cosa de lo que quisieren aquellos que los hacen.
Y los que los hacen ellos mismos no son de larga edad. ¿Cómo, pues, podrán ser dioses las cosas que ellos hicieron?
Porque a sus artifices no dejaron sino mentira y afrenta.
Porque cuando viene guerra o mal sobre ellos, consultan los sacerdotes entre sí dónde esconderse con ellos.
¿Cómo, pues, se puede dudar que no son dioses, pues no pueden librarse a sí mismos de la guerra ni de los males?
Porque siendo de madera, de plata y de oro, después se sabrá que son falsos; será manifiesto a todas las gentes y reyes que no son dioses, sino obras de manos de hombres, y que no hay en ellos operación de Dios.
¿Quién, pues, no sabrá que no son dioses?
Porque no ponen rey sobre la tierra, ni dan lluvia a los hombres.
Ni juzgan juicio, ni defienden al agraviado, porque no pueden nada; como cornejas entre el cielo y la tierra.
Porque cuando se incendia la casa de estos dioses de madera, de plata y de oro, sus sacerdotes huirán y se salvarán; mas ellos se queman dentro como vigas.
Ni resisten a rey, ni a enemigos. ¿Cómo, pues, se ha de creer o conceder que son dioses?
Ni de ladrones ni de salteadores se pueden guardar los dioses de madera, de plata y de oro;
los cuales, si alguno puede, les quitarán el oro y la plata, y se irán con ello; y ellos no se podrán valer.
Mejor es un rey que demuestra su poder, o una vasija útil de casa, de la que se sirve su dueño, que estos falsos dioses; mejor también la puerta de una casa, que la que guarda las cosas que en ella están, que estos falsos dioses; mejor un palo de árbol, que estos falsos dioses.
Porque el sol, la luna y las estrellas resplandecen y son enviados para utilidad; obedecen asimismo ellos.
También el relámpago, cuando resplandece, es manifiesto; y así el viento sopla en toda la tierra.
Las nubes, cuando Dios les mandare que vayan sobre todo el mundo, cumplen su mandado.
El fuego enviado de lo alto para consumir los montes y los bosques, obra lo que le es mandado. Mas estas cosas no son semejantes en apariencia ni en virtud.
Por lo cual no se puede pensar, ni decir, que son dioses, pues no pueden juzgar, ni hacer bien a los hombres.
Por tanto, sabiendo que no son dioses, no los temáis.
Porque ni a los reyes pueden maldecir ni bendecir;
ni mostrar señales en el cielo a las gentes, ni alumbrar como el sol, ni alumbrar como la luna.
Las bestias son mejores que ellos, las cuales se pueden acoger a lo cubierto y ayudarse a sí mismas.
En ninguna manera nos es manifiesto que sean dioses; por tanto, no los temáis.
Porque como a un espantajo en un melonar, que ninguna cosa guarda, así son sus dioses de madera, de plata y de oro.
Y de la misma manera que un espino en un huerto, en el cual toda ave asienta, o como un cuerpo muerto echado en tinieblas, así son sus dioses de madera, de plata y de oro.
Por la púrpura y la seda que se pudren en ellos, conoceréis que no son dioses; y a la postre serán comidos, y serán afrenta en la provincia.
Mejor es el hombre justo que no tiene simulacros; porque él nunca será afrentado.