El Libro de Ezequiel es aceptado canónicamente por todas las tradiciones cristianas y el judaísmo.
Ezequiel
Capítulo 3
Me dijo: Hijo de hombre, come lo que tienes ahí; come ese rollo y vete a hablar a la casa de Israel.
Entonces abrí la boca y me dio a comer ese rollo,
diciéndome: Hijo de hombre, alimenta tu vientre y llena tus entrañas de este rollo que te doy. Lo comí, y fue en mi boca dulce como la miel.
Me dijo: Hijo de hombre, vete a la casa de Israel y comunícales mis palabras.
Porque no eres enviado a un pueblo de habla oscura y lengua difícil, sino a la casa de Israel.
No son muchos pueblos de habla oscura y lengua difícil cuyas palabras no entiendas. Ciertamente si a ésos te enviara, te escucharían.
Pero la casa de Israel no quiere escucharte, pues no quiere escucharme a mí; porque toda la casa de Israel es de frente dura y corazón obstinado.
Yo he endurecido tu rostro frente al de ellos, y tu frente frente a su frente.
Como diamante, más duro que la peña, he hecho tu frente. No les tengas miedo ni te acobardes ante ellos, porque son una casa rebelde.
Me dijo: Hijo de hombre, recibe bien en tu corazón todas las palabras que te voy a decir, y escúchalas.
Luego vete a los deportados, a los miembros de tu pueblo. Les hablarás y les dirás: "Así dice el Señor Yahveh", escúchenlo o no lo escuchen.
Entonces el espíritu me levantó y oí detrás de mí una voz poderosa y estruendosa: ¡Bendita sea la gloria de Yahveh desde el lugar de su trono!
Oí también el ruido de las alas de los seres, que se rozaban unas con otras, y el ruido de las ruedas junto a ellos, un ruido poderoso y estruendoso.
El espíritu me levantó y me llevó. Me fui, lleno de amargura y de enojo, mientras la mano de Yahveh pesaba fuertemente sobre mí.
Llegué a Tel Abib, donde los deportados residían junto al río Kebar, y me establecí donde ellos vivían. Allí permanecí siete días, estupefacto en medio de ellos.
Al cabo de siete días, la palabra de Yahveh me fue dirigida en estos términos:
Hijo de hombre, te pongo como centinela de la casa de Israel. Cuando oigas una palabra de mi boca, se la advertirás de mi parte.
Si yo digo al malvado: "Vas a morir", y tú no se lo adviertes ni le hablas para que se cuide de su mala conducta y salve su vida, ese malvado morirá por su culpa, pero yo te pediré cuenta de su sangre.
Si tú adviertes al malvado y él no se convierte de su maldad ni de su mala conducta, él morirá por su culpa, pero tú habrás salvado tu vida.
Si el justo se aparta de su justicia y comete el mal, y yo pongo ante él una ocasión de caer, él morirá. Por no haberle tú advertido, morirá por su culpa, y no se tendrán en cuenta las obras de justicia que hubiere hecho; pero yo te pediré cuenta de su sangre.
En cambio, si tú adviertes al justo para que no peque, y no peca, entonces vivirá por haberse dejado advertir, y tú habrás salvado tu vida.
La mano de Yahveh vino sobre mí allí, y me dijo: Levántate, sal a la vega, y allí te hablaré.
Me levanté y salí a la vega. Vi que la gloria de Yahveh estaba allí, como la gloria que había contemplado junto al río Kebar, y caí rostro en tierra.
El espíritu entró en mí y me puso en pie; luego me habló: Ve, enciérrate en tu casa.
En cuanto a ti, hijo de hombre, te van a poner cuerdas encima y con ellas te atarán, para que no puedas salir a la calle.
Pegaré yo tu lengua a tu paladar, para que enmudezcas y no seas para ellos hombre que reprende, pues son una casa rebelde.
Pero cuando yo te hable, abriré tu boca, y les dirás: "Así dice el Señor Yahveh". Quien quiera oír, oiga; quien no quiera oír, no oiga, porque son una casa rebelde.