Esta versión extendida del libro de Daniel incluye las adiciones deuterocanónicas reconocidas por la tradición católica y ortodoxa: el Cántico de los Tres Jóvenes (insertado en el capítulo 3 después del versículo 23), la Historia de Susana (capítulo 13) y Bel y el Dragón (capítulo 14).
Daniel
Capítulo 3
El rey Nabucodonosor hizo una estatua de oro, la altura de la cual era de sesenta codos, y su anchura de seis codos; la levantó en el campo de Dura, en la provincia de Babilonia.
Y el rey Nabucodonosor envió a reunir los sátrapas, los gobernadores, los capitanes, los oidores, los tesoreros, los consejeros, los jueces, y todas las autoridades de las provincias, para que viniesen a la dedicación de la estatua que el rey Nabucodonosor había levantado.
Fueron, pues, reunidos los sátrapas, los gobernadores, los capitanes, los oidores, los tesoreros, los consejeros, los jueces, y todas las autoridades de las provincias, a la dedicación de la estatua que el rey Nabucodonosor había levantado; y estaban en pie delante de la estatua.
Y el pregonero pregonaba en alta voz: A vosotros se os manda, oh pueblos, naciones y lenguas,
que en el momento que oigáis el son de la trompeta, la flauta, el tamboril, el arpa, el salterio, la zampoña y todo instrumento de música, os postréis y adoréis la estatua de oro que el rey Nabucodonosor ha levantado.
Y cualquiera que no se postre y adore, será echado inmediatamente en un horno de fuego ardiente.
Por tanto, en el momento que todos los pueblos oyeron el son de la trompeta, la flauta, el tamboril, el arpa, el salterio, la zampoña y todo instrumento de música, todos los pueblos, naciones y lenguas se postraron y adoraron la estatua de oro que el rey Nabucodonosor había levantado.
Por esto en el mismo momento se presentaron algunos varones caldeos, y acusaron maliciosamente a los judíos.
Hablaron y dijeron al rey Nabucodonosor: Rey, para siempre vive.
Tú, oh rey, has dado una ley que todo hombre que oyere el son de la trompeta, la flauta, el tamboril, el arpa, el salterio, la zampoña y todo instrumento de música, se postre y adore la estatua de oro;
y que cualquiera que no se postre y adore, sea echado dentro de un horno de fuego ardiente.
Hay unos varones judíos, los cuales pusiste sobre los negocios de la provincia de Babilonia: Sadrac, Mesac y Abed-nego; estos varones, oh rey, no te han respetado; no adoran a tus dioses, ni adoran la estatua de oro que has levantado.
Entonces Nabucodonosor, con ira y con enojo, mandó traer a Sadrac, Mesac y Abed-nego. Luego, pues, fueron traídos estos varones delante del rey.
Habló Nabucodonosor y les dijo: ¿Es verdad, Sadrac, Mesac y Abed-nego, que vosotros no adoráis a mi dios, ni adoráis la estatua de oro que he levantado?
Ahora, pues, estad preparados para cuando oigáis el son de la trompeta, la flauta, el tamboril, el arpa, el salterio, la zampoña y todo instrumento de música; y si os postráis a adorar la estatua que he hecho, bien; mas si no la adoráis, en la misma hora seréis echados en un horno de fuego ardiente. ¿Y qué dios será aquel que os libre de mis manos?
Sadrac, Mesac y Abed-nego respondieron y dijeron al rey Nabucodonosor: No tenemos necesidad de responderte sobre este asunto.
He aquí nuestro Dios, a quien servimos, puede librarnos del horno de fuego ardiente; y de tus manos, oh rey, nos librará.
Y si no, sepas, oh rey, que no serviremos a tus dioses, ni adoraremos la estatua de oro que has levantado.
Entonces Nabucodonosor fue lleno de ira, y la apariencia de su rostro se cambió contra Sadrac, Mesac y Abed-nego; y habló y mandó que el horno se calentase siete veces más de lo que solían calentarlo.
Y mandó a hombres muy vigorosos de su ejército que atasen a Sadrac, Mesac y Abed-nego, para echarlos en el horno de fuego ardiente.
Entonces fueron atados estos varones con sus mantos, sus calzones, sus turbantes y sus vestidos, y fueron echados dentro del horno de fuego ardiente.
Por tanto, como la orden del rey era apremiante, y el horno estaba muy caliente, la llama del fuego mató a aquellos que habían alzado a Sadrac, Mesac y Abed-nego.
Y estos tres varones, Sadrac, Mesac y Abed-nego, cayeron atados dentro del horno de fuego ardiente.
Y andaban en medio de la llama, alabando a Dios y bendiciendo al Señor.
Entonces Azarías se levantó y oró de esta manera; y abriendo su boca en medio del fuego, dijo:
Bendito eres tú, oh Señor, Dios de nuestros padres; y digno de alabanza y glorioso es tu nombre para siempre.
Porque justo eres en todo lo que has hecho con nosotros; verdaderas son todas tus obras, rectos tus caminos, y todos tus juicios verdad.
Has ejecutado juicio verdadero en todo lo que has traído sobre nosotros, y sobre la santa ciudad de nuestros padres, Jerusalén; porque conforme a verdad y juicio has traído todo esto sobre nosotros a causa de nuestros pecados.
Porque hemos pecado y cometido iniquidad, apartándonos de ti.
En todo hemos ofendido, y no obedecimos tus mandamientos, ni los guardamos, ni hicimos como nos has mandado para que nos fuera bien.
Por tanto, todo lo que has traído sobre nosotros, y todo lo que has hecho con nosotros, lo has hecho con verdadero juicio.
Y nos has entregado en manos de enemigos inicuos, los más aborrecedores de Dios, y a un rey injusto, el más malvado de toda la tierra.
Y ahora no podemos abrir nuestra boca; somos una vergüenza y un oprobio para tus siervos, y para los que te adoran.
No nos entregues del todo, por amor de tu nombre, ni deshagas tu pacto.
No apartes de nosotros tu misericordia, por amor de Abraham tu amado, de Isaac tu siervo, y de Israel tu santo;
a quienes hablaste y prometiste que multiplicarías su descendencia como las estrellas del cielo, y como la arena que está a la orilla del mar.
Porque nosotros, oh Señor, nos hemos hecho menos que todas las naciones, y estamos hoy esparcidos por todo el mundo a causa de nuestros pecados.
No hay en este tiempo príncipe, ni profeta, ni capitán, ni holocausto, ni sacrificio, ni ofrenda, ni incienso, ni lugar donde podamos ofrecerte primicias y hallar misericordia.
Mas con corazón contrito y espíritu humilde seamos aceptos delante de ti.
Como en los holocaustos de carneros y de toros, y como en diez millares de corderos gordos, así sea nuestro sacrificio delante de ti hoy, y haz que sigamos en pos de ti; porque los que en ti confían no serán avergonzados.
Y ahora te seguimos de todo corazón, te tememos y buscamos tu rostro.
No nos avergüences, sino haz con nosotros conforme a tu benignidad, y conforme a la multitud de tus misericordias.
Líbranos conforme a tus maravillosas obras, y da gloria a tu nombre, oh Señor; y sean avergonzados todos los que hacen mal a tus siervos;
sean confundidos en todo su poder y fuerza, y quebrantada su fortaleza;
y sepan que tú eres el Señor, el único Dios, y glorioso sobre toda la tierra.
Y los servidores del rey que los habían echado, no cesaban de calentar el horno con nafta, estopa, pez y ramas secas;
de manera que la llama se alzaba sobre el horno cuarenta y nueve codos.
Y se extendía y quemaba a los caldeos que encontraba cerca del horno.
Mas el ángel del Señor descendió al horno junto con Azarías y sus compañeros, y echó fuera la llama del fuego,
e hizo que en medio del horno hubiera como un viento húmedo que silbaba, de modo que el fuego no los tocó en absoluto, ni los dañó ni los molestó.
Entonces los tres, como de una sola boca, alabaron, glorificaron y bendijeron a Dios en el horno, diciendo:
Bendito eres tú, oh Señor, Dios de nuestros padres; digno de alabanza y ensalzado sobre todo para siempre. Bendito es tu santo y glorioso nombre; y digno de alabanza y ensalzado sobre todo para siempre.
Bendito eres tú en el templo de tu santa gloria; y digno de alabanza y glorificado sobre todo para siempre.
Bendito eres tú, que sondeas los abismos y te sientas sobre los querubines; digno de alabanza y ensalzado sobre todo para siempre.
Bendito eres tú en el trono glorioso de tu reino; digno de alabanza y glorificado sobre todo para siempre.
Bendito eres tú en el firmamento del cielo; digno de alabanza y glorificado para siempre.
Obras todas del Señor, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Ángeles del Señor, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Cielos, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Aguas que estáis sobre los cielos, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Todas las potestades del Señor, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Sol y luna, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Estrellas del cielo, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Toda lluvia y rocío, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Vientos todos, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Fuego y calor, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Invierno y verano, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Rocíos y nevadas, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Hielo y frío, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Escarchas y nieves, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Relámpagos y nubes, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Bendiga la tierra al Señor; alábele y ensálcele sobre todo para siempre.
Montes y collados, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Todas las cosas que crecen sobre la tierra, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Fuentes, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Mares y ríos, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Ballenas y todo lo que se mueve en las aguas, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Todas las aves del cielo, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Todas las bestias y ganados, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Hijos de los hombres, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Bendiga Israel al Señor; alábele y ensálcele sobre todo para siempre.
Sacerdotes del Señor, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Siervos del Señor, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Espíritus y almas de los justos, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Santos y humildes de corazón, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre.
Ananías, Azarías y Misael, bendecid al Señor; alabadle y ensalzadle sobre todo para siempre, porque nos ha librado del abismo, nos ha salvado de la mano de la muerte, nos ha librado del horno de fuego ardiente, del fuego nos ha librado.
Dad gracias al Señor, porque es bueno, porque para siempre es su misericordia.
Todos los que adoráis al Señor, bendecid al Dios de dioses; alabadle y dadle gracias, porque para siempre es su misericordia.
Entonces el rey Nabucodonosor se asombró y se levantó apresuradamente, y dijo a sus nobles: ¿No echamos a tres varones atados dentro del fuego? Ellos respondieron al rey, diciendo: Cierto, oh rey.
Y el rey dijo: He aquí que yo veo cuatro varones sueltos, que andan en medio del fuego, y no han sufrido ningún daño; y el aspecto del cuarto es semejante a un hijo de los dioses.
Entonces Nabucodonosor se acercó a la puerta del horno de fuego ardiente, y dijo: Sadrac, Mesac y Abed-nego, siervos del Dios Altísimo, salid y venid. Entonces Sadrac, Mesac y Abed-nego salieron de en medio del fuego.
Y los sátrapas, los gobernadores, los capitanes y los consejeros del rey se reunieron y vieron que el fuego no había tenido poder alguno sobre los cuerpos de aquellos hombres; ni un cabello de su cabeza se había chamuscado, sus túnicas no se habían alterado, ni siquiera olor a fuego tenían.
Entonces Nabucodonosor dijo: Bendito sea el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego, que envió su ángel y libró a sus siervos que confiaron en él; y quebrantaron la palabra del rey y entregaron sus cuerpos antes que servir y adorar a ningún otro dios excepto a su Dios.
Por tanto, yo decreto que cualquier pueblo, nación o lengua que hable blasfemia contra el Dios de Sadrac, Mesac y Abed-nego, sea descuartizado, y su casa sea convertida en un muladar; porque no hay otro dios que pueda salvar como este.
Después de esto el rey hizo prosperar a Sadrac, Mesac y Abed-nego en la provincia de Babilonia.