Esta versión extendida del libro de Daniel incluye las adiciones deuterocanónicas reconocidas por la tradición católica y ortodoxa: el Cántico de los Tres Jóvenes (insertado en el capítulo 3 después del versículo 23), la Historia de Susana (capítulo 13) y Bel y el Dragón (capítulo 14).
Daniel
Capítulo 4
El rey Nabucodonosor, a todos los pueblos, naciones y lenguas que habitan en toda la tierra: Paz os sea multiplicada.
Conviene que yo declare las señales y maravillas que el Dios Altísimo ha hecho conmigo.
¡Cuán grandes son sus señales, y cuán potentes sus maravillas! Su reino es un reino eterno, y su señorío de generación en generación.
Yo, Nabucodonosor, estaba tranquilo en mi casa, y próspero en mi palacio.
Vi un sueño que me espantó; y las imaginaciones de mi cama y las visiones de mi cabeza me turbaron.
Por tanto, mandé llamar delante de mí a todos los sabios de Babilonia, para que me diesen la interpretación del sueño.
Entonces vinieron los magos, los astrólogos, los caldeos y los adivinos; y conté el sueño delante de ellos, mas no me dieron su interpretación.
Por último vino delante de mí Daniel, cuyo nombre es Beltsasar, como el nombre de mi dios, y en quien hay espíritu de los dioses santos; y conté el sueño delante de él, diciendo:
Beltsasar, príncipe de los magos, sé que hay en ti espíritu de los dioses santos, y que ningún misterio se te esconde; dime las visiones de mi sueño que he visto, y su interpretación.
Estas son las visiones de mi cabeza mientras estaba en mi cama: Miraba, y he aquí un árbol en medio de la tierra, cuya altura era grande.
Crecía el árbol, y se hacía fuerte, y su copa llegaba hasta el cielo, y se extendía hasta los confines de toda la tierra.
Su follaje era hermoso y su fruto abundante, y había en él alimento para todos. Debajo de él se cobijaban las bestias del campo, y en sus ramas habitaban las aves del cielo, y de él se alimentaba toda criatura.
En las visiones de mi cabeza mientras estaba en mi cama, vi a un vigilante, un santo, que descendía del cielo,
y gritaba con fuerza y decía así: Derribad el árbol, cortad sus ramas, sacudid su follaje y esparcid su fruto; que huyan las bestias de debajo de él y las aves de sus ramas.
Dejad, no obstante, el tocón de sus raíces en la tierra, y átese con cadena de hierro y de bronce en la hierba del campo; que se moje con el rocío del cielo, y con las bestias sea su porción entre la hierba de la tierra.
Su corazón sea cambiado de corazón humano, y le sea dado corazón de bestia; y pasen sobre él siete tiempos.
La sentencia es por decreto de los vigilantes, y la resolución por palabra de los santos; para que conozcan los vivientes que el Altísimo domina sobre el reino de los hombres, y que a quien él quiere lo da, y constituye sobre él al más bajo de los hombres.
Este es el sueño que yo, el rey Nabucodonosor, he visto. Tú, pues, Beltsasar, dirás la interpretación de él, porque todos los sabios de mi reino no pueden darme la interpretación; mas tú puedes, porque hay en ti espíritu de los dioses santos.
Entonces Daniel, cuyo nombre es Beltsasar, se quedó atónito por una hora, y sus pensamientos lo turbaban. El rey habló y dijo: Beltsasar, no te turben ni el sueño ni su interpretación. Beltsasar respondió y dijo: Señor mío, el sueño sea para tus enemigos, y su interpretación para los que te aborrecen.
El árbol que viste, que creció y se hizo fuerte, cuya copa llegaba hasta el cielo, y se extendía por toda la tierra;
cuyo follaje era hermoso y su fruto abundante, y en él había alimento para todos; debajo del cual se cobijaban las bestias del campo, y en sus ramas habitaban las aves del cielo:
tú eres aquel, oh rey, que creciste y te hiciste fuerte, pues tu grandeza ha crecido y ha llegado hasta el cielo, y tu dominio hasta los confines de la tierra.
Y en cuanto que el rey vio a un vigilante, a un santo que descendía del cielo y decía: Cortad el árbol y destruidlo; dejad, no obstante, el tocón de sus raíces en la tierra, y átese con cadena de hierro y de bronce en la hierba del campo; y que se moje con el rocío del cielo, y con las bestias del campo sea su porción, hasta que pasen sobre él siete tiempos;
esta es la interpretación, oh rey, y esta es la sentencia del Altísimo, que ha venido sobre mi señor el rey:
que te echen de entre los hombres, y con las bestias del campo sea tu morada, y con hierba del campo te apacienten como a los bueyes, y del rocío del cielo te mojen, y pasen sobre ti siete tiempos, hasta que sepas que el Altísimo domina sobre el reino de los hombres, y a quien él quiere lo da.
Y en cuanto a la orden de dejar el tocón de las raíces del árbol, tu reino te quedará firme, luego que reconozcas que el cielo gobierna.
Por tanto, oh rey, acepta mi consejo: tus pecados redime con justicia, y tus iniquidades con misericordia para con los pobres; tal vez sea eso la prolongación de tu tranquilidad.
Todo esto vino sobre el rey Nabucodonosor.
Al cabo de doce meses, paseándose en el palacio real de Babilonia,
respondió el rey y dijo: ¿No es esta la gran Babilonia, que yo edifiqué para casa real con la fuerza de mi poder y para gloria de mi majestad?
Aún estaba la palabra en la boca del rey, cuando una voz del cielo dijo: A ti se te dice, rey Nabucodonosor: El reino se ha apartado de ti.
Y te echarán de entre los hombres, y con las bestias del campo será tu morada; como a los bueyes te apacentarán, y siete tiempos pasarán sobre ti, hasta que sepas que el Altísimo domina sobre el reino de los hombres, y a quien él quiere lo da.
En la misma hora se cumplió la palabra sobre Nabucodonosor; y fue echado de entre los hombres, y comió hierba como los bueyes, y su cuerpo se mojaba con el rocío del cielo, hasta que su cabello creció como plumas de águila, y sus uñas como garras de ave.
Mas al fin del tiempo, yo, Nabucodonosor, alcé mis ojos al cielo, y mi entendimiento me fue devuelto; y bendije al Altísimo, y alabé y glorifiqué al que vive para siempre, porque su dominio es eterno, y su reino de generación en generación.
Y todos los habitantes de la tierra son considerados como nada; y él hace según su voluntad con el ejército del cielo, y con los habitantes de la tierra; y no hay quien detenga su mano, ni le diga: ¿Qué haces?
En el mismo tiempo mi entendimiento me fue devuelto, y la majestad de mi reino, mi honra y mi grandeza volvieron a mí, y mis gobernadores y mis grandes me buscaron; y fui restablecido en mi reino, y mayor grandeza me fue añadida.
Ahora, pues, yo, Nabucodonosor, alabo, engrandezco y glorifico al Rey del cielo, porque todas sus obras son verdaderas, y sus caminos justos; y él puede humillar a los que andan con soberbia.