El Evangelio de Marcos es universalmente aceptado como canónico por todas las tradiciones cristianas principales. En la Iglesia Ortodoxa Etíope (Tewahedo), forma parte del canon más amplio de 81 libros.
Marcos
Capítulo 6
Y salió de allí, y vino á su tierra, y le siguieron sus discípulos.
Y llegado el sábado, comenzó á enseñar en la sinagoga; y muchos oyéndole, se admiraban, diciendo: ¿De dónde tiene ésto? ¿y qué sabiduría es esta que le es dada? ¿y tales maravillas que por sus manos son hechas?
¿No es éste el carpintero, hijo de María, hermano de Jacobo, de José, de Judas y de Simón? ¿no están también aquí con nosotros sus hermanas? Y se escandalizaban de él.
Mas Jesús les decía: No hay profeta sin honra, sino en su tierra, y entre sus parientes, y en su casa.
Y no pudo hacer allí ninguna maravilla; solamente sanó unos pocos enfermos, poniendo sobre ellos las manos.
Y estaba maravillado de la incredulidad de ellos. Y rodeaba las aldeas de alrededor, enseñando.
Y llama á los doce, y comenzó á enviarlos de dos en dos; y dióles potestad sobre los espíritus inmundos.
Y mandóles que no tomasen nada para el camino, sino solamente bordón; alforja no, pan no, dinero no en la bolsa;
Mas que calzasen sandalias, y no vistiesen dos túnicas.
Y decíales: Dondequiera que entrareis en una casa, posad en ella hasta que salgáis de allí.
Y cualquiera que no os recibiere ni os oyere, saliendo de allí, sacudid el polvo que está debajo de vuestros pies, por testimonio á ellos. De cierto os digo que será más tolerable el castigo á los de Sodoma y de Gomorra en el día del juicio, que á aquella ciudad.
Y saliendo, predicaban que los hombres se arrepintiesen.
Y echaban fuera muchos demonios, y ungían con aceite á muchos enfermos, y sanaban.
Y oyó el rey Herodes (porque su nombre era hecho notorio) y dijo: Juan el Bautista ha resucitado de los muertos, y por tanto estas virtudes obran en él.
Otros decían: Elías es. Y otros decían: Profeta, ó como uno de los profetas.
Y oyéndo lo Herodes, dijo: Juan, al que yo degollé, éste es; de los muertos ha resucitado.
Porque el mismo Herodes había enviado, y prendido á Juan, y le había aprisionado en la cárcel por causa de Herodías, mujer de Felipe su hermano; porque se había casado con ella.
Porque Juan decía á Herodes: No te es lícito tener la mujer de tu hermano.
Mas Herodías le acechaba, y deseaba matarle, y no podía:
Porque Herodes temía á Juan, sabiendo que era varón justo y santo, y le guardaba: y oyéndole, hacía muchas cosas; y de buena gana le oía.
Mas venido un día oportuno, cuando Herodes en su cumpleaños hacía una cena á sus príncipes y tribunos y á los principales de Galilea;
Y entrando la hija de Herodías, y danzando, y agradando á Herodes y á los que estaban juntamente con él á la mesa, el rey dijo á la muchacha: Pídeme lo que quisieres, y te daré.
Y le prometió con juramento: Todo lo que me pidieres te daré, hasta la mitad de mi reino.
Saliendo ella, dijo á su madre: ¿Qué pediré? Y ella dijo: La cabeza de Juan el Bautista.
Y luego entrando con prisa al rey, pidió diciendo: Quiero que me des ahora mismo en un plato la cabeza de Juan el Bautista.
Entonces el rey se entristeció mucho; mas por el juramento, y por los que estaban juntamente con él á la mesa, no la quiso contristar.
Y luego el rey envió un verdugo, y mandó que fuese traída la cabeza de Juan.
Y él fué, y le degolló en la cárcel, y trajo su cabeza en un plato, y dióla á la muchacha; y la muchacha la dió á su madre.
Y oyéndo lo sus discípulos, vinieron y tomaron su cuerpo, y le pusieron en un sepulcro.
Y los apóstoles se juntaron con Jesús, y le contaron todo lo que habían hecho, y lo que habían enseñado.
Y él les dijo: Venid vosotros aparte al desierto, y reposad un poco. Porque había muchos que iban y venían, aun no tenían tiempo de comer.
Y se fueron solos en un barco á un lugar desierto.
Y los vieron ir, y muchos los conocieron; y concurrieron allí de todas las ciudades á pie, y llegaron antes que ellos.
Y saliendo Jesús, vió una gran multitud, y tuvo compasión de ellos, porque eran como ovejas que no tenían pastor; y comenzó á enseñarles muchas cosas.
Y como el día fuese ya declinado, llegándose sus discípulos, le dicen: El lugar es desierto, y el día ya muy pasado;
Despídelos, para que vayan por los campos y las aldeas de alrededor, y compren pan para sí; porque no tienen qué comer.
Y respondiendo él, les dijo: Dadles vosotros de comer. Y ellos le dijeron: ¿Iremos y compraremos doscientos denarios de pan, para darles de comer?
El entonces les dice: ¿Cuántos panes tenéis? Id y vedlo. Y después de saberlo, le dijeron: Cinco, y dos peces.
Y les mandó que hiciesen sentar á todos por compañías sobre la hierba verde.
Y sentaron por grupos de ciento, y de cincuenta.
Y tomando los cinco panes y los dos peces, levantando los ojos al cielo, bendijo, y partió los panes, y dió á sus discípulos que los pusiesen delante; y los dos peces partió á todos.
Y comieron todos, y se hartaron.
Y alzaron de los pedazos doce cofos llenos, y de los peces.
Y los que comieron eran cinco mil hombres.
Y luego estrechó á sus discípulos que entrasen en el barco, y que fuesen delante de él á la otra ribera á Betsaida, entre tanto que él despedía á la multitud.
Y como los hubo despedido, se fué al monte á orar.
Y venida la tarde, el barco estaba en medio de la mar, y él solo en tierra.
Y vió que estaban fatigados en remar, porque el viento les era contrario; y cerca de la cuarta vela de la noche, vino á ellos andando sobre la mar, y quería pasar de ellos.
Y ellos viéndole andar sobre la mar, pensaron que era fantasma, y dieron voces.
Porque todos le vieron, y se turbaron. Y luego él habló con ellos, y les dice: Confiad, yo soy; no temáis.
Y subió á ellos en el barco, y se calmó el viento; y ellos se asombraron en gran manera dentro de sí.
Porque no habían entendido lo de los panes, por cuanto sus corazones estaban endurecidos.
Y pasando á la otra ribera, vinieron á la tierra de Genezaret, y arribaron.
Y como salieron del barco, luego le conocieron;
Y recorriendo toda aquella tierra alrededor, comenzaron á traer de todas partes los enfermos en lechos, á donde oían que estaba.
Y donde quiera que entraba, en aldeas ó ciudades ó campos, ponían los enfermos en las plazas, y le rogaban que los dejase tocar el borde de su vestido; y los que le tocaban, quedaban sanos.