El Evangelio de Lucas es universalmente aceptado como canónico por todas las tradiciones cristianas principales. En la Iglesia Ortodoxa Etíope (Tewahedo), forma parte del canon más amplio de 81 libros.
Lucas
Capítulo 23
Y levantándose toda la multitud de ellos, le llevaron á Pilato.
Y comenzaron á acusarle, diciendo: A éste hemos hallado que pervierte la nación, y que prohibe dar tributo á César, diciéndose él mismo, Rey ungido.
Y Pilato le preguntó, diciendo: ¿Eres tú el Rey de los Judíos? Y respondiéndole él, dijo: Tú lo dices.
Y Pilato dijo á los príncipes de los sacerdotes, y á las gentes: Ninguna culpa hallo en este hombre.
Mas ellos porfiaban, diciendo: Alborota al pueblo, enseñando por toda Judea, comenzando desde Galilea hasta aquí.
Y Pilato, oyendo hablar de Galilea, preguntó si el hombre era Galileo.
Y entendiendo que era de la jurisdicción de Herodes, le remitió á Herodes, que en aquellos días también estaba en Jerusalem.
Y Herodes, viendo á Jesús, se alegró mucho; porque ya había tiempo que deseaba verle, á causa de lo que había oído de él; y esperaba ver alguna señal hecha por él.
Y le preguntó con muchas palabras; mas él nada le respondió.
Y estaban los príncipes de los sacerdotes y los escribas acusándole con gran vehemencia.
Mas Herodes con sus soldados le menospreció y escarneció, vistiéndole de una ropa rica, y volvió á enviarle á Pilato.
Y los dos, Pilato y Herodes, se hicieron amigos aquel día; porque antes estaban enemistados entre sí.
Entonces Pilato, llamando los príncipes de los sacerdotes, y los magistrados, y el pueblo,
Les dijo: Me habéis presentado á éste como hombre que pervierte el pueblo; y he aquí, delante de vosotros, preguntándole, ninguna culpa he hallado en este hombre de las que me acusáis;
Y ni aun Herodes, porque os remití á él; y he aquí, ninguna cosa digna de muerte ha hecho.
Le castigaré, pues, y le soltaré.
Y tenía necesidad de soltarles uno en la fiesta.
Mas toda la multitud dió voces á una, diciendo: Quita á éste, y suéltanos á Barrabás;
El cual había sido echado en la cárcel por una sedición hecha en la ciudad, y una muerte.
Volvió pues Pilato á hablarles, queriendo soltar á Jesús.
Mas ellos respondieron, dando voces: Crucifícale, crucifícale.
Y él les dijo la tercera vez: ¿Pues qué mal ha hecho éste? Ninguna culpa digna de muerte he hallado en él. Le castigaré, pues, y le soltaré.
Mas ellos instaban á grandes voces, pidiendo que fuese crucificado. Y las voces de ellos y de los príncipes de los sacerdotes crecían.
Entonces Pilato sentenció que se hiciese lo que ellos pedían;
Y soltó á aquél que había sido echado en la cárcel por sedición y muerte, el que ellos pedían; y entregó á Jesús á la voluntad de ellos.
Y como le llevaron, tomaron á Simón Cireneo, que venía del campo, y le pusieron la cruz encima, para que la trajese tras Jesús.
Y le seguía grande multitud de pueblo, y de mujeres, las cuales lloraban y lamentaban por él.
Mas Jesús, vuelto á ellas, les dijo: Hijas de Jerusalem, no lloréis por mí, sino llorad por vosotras mismas, y por vuestros hijos.
Porque he aquí, días vendrán, en que dirán: Bienaventuradas las estériles, y los vientres que no engendraron, y los pechos que no criaron.
Entonces comenzarán á decir á los montes: Caed sobre nosotros; y á los collados: Cubridnos.
Porque si en el árbol verde hacen estas cosas, ¿en el seco qué se hará?
Y llevaban también otros dos malhechores, para ser muertos con él.
Y como llegaron al lugar que se llamaba de la Calavera, le crucificaron allí, y á los malhechores, uno á la diestra y otro á la siniestra.
Y Jesús decía: Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen. Y partiendo sus vestidos, echaron suertes.
Y el pueblo estaba mirando; y aun los príncipes se burlaban de él, diciendo: A otros salvó, sálvese á sí mismo, si éste es el Cristo, el escogido de Dios.
Y también los soldados le escarnecieron, llegándose y presentándole vinagre,
Y diciendo: Si tú eres el Rey de los Judíos, sálvate á ti mismo.
Y había también sobre él un título escrito con letras Griegas, y Latinas, y Hebreas: ESTE ES EL REY DE LOS JUDIOS.
Y uno de los malhechores que estaban colgados, le injuriaba, diciendo: Si tú eres el Cristo, sálvate á ti mismo y á nosotros.
Y respondiendo el otro, le reprendió, diciendo: ¿Ni aun temes tú á Dios, estando en la misma condenación?
Y nosotros á la verdad, justamente padecemos; porque recibimos lo que merecieron nuestros hechos: mas éste ningún mal hizo.
Y dijo á Jesús: Acuérdate de mí cuando vinieres en tu reino.
Entonces Jesús le dijo: De cierto te digo, que hoy estarás conmigo en el paraíso.
Y era como la hora de sexta, y fueron hechas tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora de nona;
Y el sol se obscureció, y el velo del templo se rompió por medio.
Y clamando Jesús á gran voz, dijo: Padre, en tus manos encomiendo mi espíritu. Y habiendo dicho esto, espiró.
Y el centurión, viendo lo que había acontecido, dió gloria á Dios, diciendo: Verdaderamente este hombre justo era.
Y toda la multitud de los que estaban presentes á este espectáculo, viendo lo que había acontecido, volvían, hiriendo sus pechos.
Mas todos sus conocidos, y las mujeres que le habían seguido desde Galilea, estaban lejos mirando estas cosas.
Entonces he aquí, un varón llamado José, que era senador, varón bueno y justo;
Este no había consentido en el consejo y en los hechos de ellos; de Arimatea, ciudad de la Judea, el cual esperaba también él el reino de Dios.
Este fué á Pilato, y pidió el cuerpo de Jesús.
Y quitándolo, le envolvió en una sábana, y le puso en un sepulcro abierto en una peña, en el cual aún no había sido puesto ninguno.
Y era día de la preparación, y la víspera del sábado llegaba.
Y las mujeres que habían venido con él de Galilea, siguieron también, y vieron el sepulcro, y cómo fué puesto su cuerpo.
Y vueltas, aparejaron drogas aromáticas y ungüentos; y el sábado reposaron conforme al mandamiento.