Hechos es universalmente aceptado como canónico por todas las tradiciones cristianas principales. Es el segundo volumen de la obra de Lucas (Lucas-Hechos) y sirve como puente entre los Evangelios y las Epístolas, narrando la expansión de la iglesia primitiva desde Jerusalén hasta Roma.
Hechos
Capítulo 16
Llegó luego a Derbe y a Listra; y he aquí, había allí cierto discípulo llamado Timoteo, hijo de una mujer judía creyente, pero de padre griego;
y daban buen testimonio de él los hermanos que estaban en Listra y en Iconio.
Quiso Pablo que éste fuese con él; y tomándole, le circuncidó por causa de los judíos que había en aquellos lugares; porque todos sabían que su padre era griego.
Y al pasar por las ciudades, les entregaban las ordenanzas que habían acordado los apóstoles y los ancianos que estaban en Jerusalén, para que las guardasen.
Así que las iglesias eran confirmadas en la fe, y aumentaban en número cada día.
Y atravesando Frigia y la provincia de Galacia, les fue prohibido por el Espíritu Santo hablar la palabra en Asia;
y cuando llegaron a Misia, intentaron ir a Bitinia, pero el Espíritu no les permitió.
Y pasando junto a Misia, descendieron a Troas.
Y se le mostró a Pablo una visión de noche: un varón macedonio estaba en pie, rogándole y diciendo: Pasa a Macedonia y ayúdanos.
Cuando vio la visión, enseguida procuramos partir para Macedonia, dando por cierto que Dios nos llamaba para que les anunciásemos el evangelio.
Zarpando, pues, de Troas, navegamos con rumbo directo a Samotracia, y al día siguiente a Neápolis;
y de allí a Filipos, que es la primera ciudad de aquella parte de Macedonia, y una colonia; y estuvimos en aquella ciudad algunos días.
Y el día de reposo salimos fuera de la puerta, junto al río, donde solía hacerse la oración; y sentándonos, hablamos a las mujeres que se habían reunido.
Entonces una mujer llamada Lidia, vendedora de púrpura, de la ciudad de Tiatira, que adoraba a Dios, estaba oyendo; y el Señor abrió el corazón de ella para que estuviese atenta a lo que Pablo decía.
Y cuando fue bautizada, y su familia, nos rogó diciendo: Si habéis juzgado que yo sea fiel al Señor, entrad en mi casa, y posad. Y nos obligó a quedarnos.
Aconteció que mientras íbamos a la oración, una muchacha que tenía espíritu de adivinación, la cual daba gran ganancia a sus amos adivinando, nos salió al encuentro.
Ésta, siguiendo a Pablo y a nosotros, daba voces, diciendo: Estos hombres son siervos del Dios Altísimo, quienes os anuncian el camino de salvación.
Y esto lo hacía por muchos días; mas desagradando a Pablo, éste se volvió y dijo al espíritu: Te mando en el nombre de Jesucristo, que salgas de ella. Y salió en aquella misma hora.
Pero viendo sus amos que había salido la esperanza de su ganancia, prendieron a Pablo y a Silas, y los arrastraron al foro, ante las autoridades;
y presentándolos a los magistrados, dijeron: Estos hombres, siendo judíos, alborotan nuestra ciudad,
y enseñan costumbres que no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos romanos.
Y se agolpó el pueblo contra ellos; y los magistrados, rasgándoles las ropas, mandaron azotarles.
Después de azotarles, los metieron en la cárcel, mandando al carcelero que los guardase con seguridad.
Éste, recibido este mandato, los metió en el calabozo de más adentro, y les aseguró los pies en el cepo.
Pero a medianoche, orando Pablo y Silas, cantaban himnos a Dios; y los presos los oían.
Entonces sobrevino de repente un gran terremoto, de tal manera que los cimientos de la cárcel se sacudían; y al instante se abrieron todas las puertas, y las cadenas de todos se soltaron.
Despertando el carcelero, y viendo abiertas las puertas de la cárcel, sacó la espada y se iba a matar, pensando que los presos habían huido.
Mas Pablo clamó a gran voz, diciendo: No te hagas ningún mal, pues todos estamos aquí.
Él entonces, pidiendo luz, se precipitó dentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de Silas;
y sacándolos, les dijo: Señores, ¿qué es necesario que yo haga para ser salvo?
Ellos dijeron: Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa.
Y le hablaron la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa.
Y él, tomándoles en aquella misma hora de la noche, les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él con todos los suyos.
Y llevándoles a su casa, les puso la mesa; y se regocijó con toda su casa de haber creído a Dios.
Cuando fue de día, los magistrados enviaron alguaciles, diciendo: Suelta a aquellos hombres.
Y el carcelero hizo saber estas palabras a Pablo: Los magistrados han mandado que se os suelte; así que salid ahora, e id en paz.
Pero Pablo les dijo: Después de azotarnos públicamente sin ser condenados, siendo ciudadanos romanos, nos echaron en la cárcel; ¿y ahora nos echan encubiertamente? No, por cierto, sino vengan ellos mismos a sacarnos.
Y los alguaciles hicieron saber estas palabras a los magistrados, los cuales tuvieron miedo al oír que eran romanos.
Y viniendo, les rogaron; y sacándolos, les pidieron que salieran de la ciudad.
Entonces, saliendo de la cárcel, entraron en casa de Lidia; y habiendo visto a los hermanos, los consolaron, y se fueron.