Hechos es universalmente aceptado como canónico por todas las tradiciones cristianas principales. Es el segundo volumen de la obra de Lucas (Lucas-Hechos) y sirve como puente entre los Evangelios y las Epístolas, narrando la expansión de la iglesia primitiva desde Jerusalén hasta Roma.
Hechos
Capítulo 21
Después de separarnos de ellos, zarpamos y navegamos con rumbo directo a Cos, y al día siguiente a Rodas, y de allí a Pátara.
Y hallando un barco que pasaba a Fenicia, embarcamos y zarpamos.
Al divisar a Chipre, dejándola a la izquierda, navegamos a Siria, y desembarcamos en Tiro; porque allí el barco había de descargar la mercadería.
Y habiendo hallado discípulos, nos quedamos allí siete días; y ellos decían a Pablo por el Espíritu, que no subiese a Jerusalén.
Cumplidos aquellos días, salimos y emprendimos el viaje, acompañándonos todos, con sus mujeres e hijos, hasta fuera de la ciudad; y puestos de rodillas en la playa, oramos.
Y despedidos los unos de los otros, subimos al barco, y ellos se volvieron a sus casas.
Y nosotros, continuando la navegación, desde Tiro llegamos a Tolemaida; y habiendo saludado a los hermanos, nos quedamos con ellos un día.
Al día siguiente, saliendo Pablo y los que con él estábamos, llegamos a Cesarea; y entrando en casa de Felipe el evangelista, que era uno de los siete, nos quedamos con él.
Este tenía cuatro hijas doncellas, que profetizaban.
Y permaneciendo nosotros allí muchos días, descendió de Judea un profeta llamado Ágabo,
el cual, viniendo a vernos, tomó el cinto de Pablo, y atándose los pies y las manos, dijo: Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en manos de los gentiles.
Cuando oímos esto, nosotros y los de aquel lugar le rogamos que no subiese a Jerusalén.
Entonces Pablo respondió: ¿Qué hacéis llorando y quebrantándome el corazón? Porque yo estoy dispuesto no sólo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús.
Y como no se convencía, dejamos de instarle, diciendo: Hágase la voluntad del Señor.
Después de estos días, hechos nuestros preparativos, subimos a Jerusalén.
Vinieron también con nosotros algunos de los discípulos de Cesarea, trayendo consigo a uno llamado Mnasón, chipriota, discípulo antiguo, con quien nos hospedaríamos.
Cuando llegamos a Jerusalén, los hermanos nos recibieron con gozo.
Y al día siguiente Pablo entró con nosotros a ver a Jacobo, y todos los ancianos se hallaron presentes.
A los cuales, después de haberles saludado, les contó una por una las cosas que Dios había hecho entre los gentiles por su ministerio.
Ellos, cuando lo oyeron, glorificaron a Dios, y le dijeron: Ya ves, hermano, cuántos millares de judíos hay que han creído; y todos son celosos por la ley;
pero se les ha informado acerca de ti, que enseñas a todos los judíos que están entre los gentiles a apostatar de Moisés, diciéndoles que no circunciden a sus hijos, ni observen las costumbres.
¿Qué hay, pues? De cierto la multitud se reunirá, porque oirán que has venido.
Haz, pues, esto que te decimos: hay entre nosotros cuatro hombres que tienen un voto sobre ellos;
tómalos contigo, purifícate con ellos, y paga sus gastos para que se rasuren la cabeza; y todos comprenderán que no hay nada de lo que se les informó acerca de ti, sino que tú también andas ordenadamente, guardando la ley.
En cuanto a los gentiles que han creído, nosotros les escribimos determinando que no guarden nada de esto; solamente que se abstengan de lo sacrificado a los ídolos, de sangre, de lo estrangulado y de fornicación.
Entonces Pablo, tomando consigo a aquellos hombres, al día siguiente, habiéndose purificado con ellos, entró en el templo, dando aviso del cumplimiento de los días de la purificación, hasta que se ofreciese la ofrenda por cada uno de ellos.
Pero cuando estaban para cumplirse los siete días, unos judíos de Asia, al verle en el templo, alborotaron a todo el pueblo y le echaron mano,
dando voces: Varones israelitas, ayudad; éste es el hombre que por todas partes enseña a todos contra el pueblo, contra la ley y contra este lugar; y además de esto, ha metido también a griegos en el templo, y ha profanado este santo lugar.
(Porque antes habían visto con él en la ciudad a Trófimo de Éfeso, a quien pensaban que Pablo había metido en el templo.)
Y se alborotó toda la ciudad, y se agolpó el pueblo; y apoderándose de Pablo, le arrastraron fuera del templo, y luego las puertas fueron cerradas.
Y procurando ellos matarle, se le avisó al tribuno de la compañía, que toda la ciudad de Jerusalén estaba alborotada.
Éste, tomando luego soldados y centuriones, corrió hacia ellos; y ellos, cuando vieron al tribuno y a los soldados, cesaron de golpear a Pablo.
Entonces el tribuno, acercándose, le prendió, y le mandó atar con dos cadenas; y preguntó quién era y qué había hecho.
Pero entre la multitud, unos gritaban una cosa, otros otra; y como no podía saber la verdad a causa del alboroto, le mandó llevar a la fortaleza.
Al llegar a las gradas, aconteció que era llevado en peso por los soldados a causa de la violencia de la multitud;
porque la muchedumbre del pueblo venía detrás, gritando: ¡Muera!
Al entrar Pablo en la fortaleza, dijo al tribuno: ¿Se me permite decirte algo? Y él dijo: ¿Sabes griego?
¿No eres tú aquel egipcio que levantó una sedición antes de estos días, y sacó al desierto los cuatro mil hombres de los sicarios?
Pablo dijo: Yo de cierto soy hombre judío, natural de Tarso, ciudadano no despreciable de una ciudad de Cilicia; pero te ruego que me permitas hablar al pueblo.
Y cuando se lo permitió, Pablo, puesto en pie en las gradas, hizo señal con la mano al pueblo; y hecho gran silencio, les habló en lengua hebrea, diciendo: