Hechos es universalmente aceptado como canónico por todas las tradiciones cristianas principales. Es el segundo volumen de la obra de Lucas (Lucas-Hechos) y sirve como puente entre los Evangelios y las Epístolas, narrando la expansión de la iglesia primitiva desde Jerusalén hasta Roma.
Hechos
Capítulo 23
Entonces Pablo, mirando fijamente al concilio, dijo: Varones hermanos, yo con toda buena conciencia he vivido delante de Dios hasta el día de hoy.
Y el sumo sacerdote Ananías ordenó a los que estaban junto a él, que le golpeasen en la boca.
Entonces Pablo le dijo: ¡Dios te golpeará a ti, pared blanqueada! ¿Y tú estás sentado para juzgarme conforme a la ley, y quebrantando la ley me mandas golpear?
Los que estaban presentes dijeron: ¿Al sumo sacerdote de Dios injurias?
Pablo dijo: No sabía, hermanos, que era el sumo sacerdote; pues escrito está: No hablarás mal del príncipe de tu pueblo.
Entonces Pablo, sabiendo que una parte era de saduceos y otra de fariseos, alzó la voz en el concilio: Varones hermanos, yo soy fariseo, hijo de fariseo; acerca de la esperanza y de la resurrección de los muertos se me juzga.
Cuando dijo esto, se produjo una disensión entre los fariseos y los saduceos, y la asamblea se dividió.
Porque los saduceos dicen que no hay resurrección, ni ángel, ni espíritu; pero los fariseos afirman estas cosas.
Y se levantó un gran clamor; y levantándose los escribas de la parte de los fariseos, contendían diciendo: Ningún mal hallamos en este hombre; que si un espíritu le ha hablado, o un ángel, no disputemos contra Dios.
Y habiendo grande disensión, el tribuno, teniendo temor de que Pablo fuese despedazado por ellos, mandó que soldados descendiesen y le arrebatasen de en medio de ellos, y le llevasen a la fortaleza.
A la noche siguiente, el Señor se puso a su lado y le dijo: Ten ánimo, Pablo; porque como has testificado de mí en Jerusalén, así es necesario que testifiques también en Roma.
Venido el día, algunos de los judíos hicieron una conspiración, y se juramentaron bajo maldición, diciendo que no comerían ni beberían hasta que hubiesen dado muerte a Pablo.
Eran más de cuarenta los que habían hecho esta conjuración,
los cuales fueron a los principales sacerdotes y a los ancianos, y dijeron: Nosotros nos hemos juramentado bajo maldición, a no gustar nada hasta que hayamos dado muerte a Pablo.
Ahora pues, vosotros, con el concilio, requerid al tribuno que le traiga mañana ante vosotros, como si quisieseis indagar alguna cosa más cierta acerca de él; y nosotros, antes que llegue, estaremos listos para matarle.
Mas el hijo de la hermana de Pablo, oyendo hablar de la emboscada, fue y entró en la fortaleza, y dio aviso a Pablo.
Pablo, llamando a uno de los centuriones, dijo: Lleva a este joven ante el tribuno, porque tiene cierto aviso que darle.
Él, pues, tomándole, le llevó al tribuno, y dijo: El preso Pablo me llamó y me rogó que trajese a ti este joven, que tiene algo que hablarte.
El tribuno, tomándole de la mano, y retirándose aparte, le preguntó: ¿Qué es lo que tienes que decirme?
Él dijo: Los judíos han convenido en rogarte que mañana saques a Pablo al concilio, como si algo más exacto hubieran de preguntar acerca de él.
Pero tú no les creas; porque más de cuarenta hombres de ellos le acechan, los cuales se han juramentado bajo maldición, a no comer ni beber hasta haberle dado muerte; y ahora están listos esperando tu promesa.
Entonces el tribuno despidió al joven, mandándole que no dijese a nadie que le había dado aviso de esto.
Y llamando a dos centuriones, mandó que preparasen doscientos soldados, setenta jinetes y doscientos lanceros, para que fuesen a Cesarea a la hora tercera de la noche;
y que preparasen cabalgaduras en que poniendo a Pablo, le llevasen en salvo a Félix el gobernador.
Y escribió una carta en estos términos:
Claudio Lisias al excelentísimo gobernador Félix: Salud.
A este hombre, aprehendido por los judíos, y que iban ellos a matar, le libré yo acudiendo con la tropa, al comprender que era ciudadano romano.
Queriendo saber la causa por qué le acusaban, le llevé al concilio de ellos;
y hallé que le acusaban por cuestiones de la ley de ellos, pero que ningún delito merecedor de muerte o de prisión tenía.
Y al ser avisado de las asechanzas que los judíos habían tendido contra este hombre, al punto le he enviado a ti, intimando también a los acusadores que traten delante de ti lo que tengan contra él. Pásalo bien.
Y los soldados, tomando a Pablo como se les ordenó, le llevaron de noche a Antipatris.
Al día siguiente, dejando a los jinetes que fuesen con él, volvieron a la fortaleza.
Y ellos, cuando llegaron a Cesarea, entregaron la carta al gobernador, y también le presentaron a Pablo.
El gobernador, leída la carta, preguntó de qué provincia era; y al saber que era de Cilicia,
le dijo: Te oiré cuando vengan tus acusadores. Y mandó que le custodiase en el pretorio de Herodes.