Hechos es universalmente aceptado como canónico por todas las tradiciones cristianas principales. Es el segundo volumen de la obra de Lucas (Lucas-Hechos) y sirve como puente entre los Evangelios y las Epístolas, narrando la expansión de la iglesia primitiva desde Jerusalén hasta Roma.
Hechos
Capítulo 27
Y cuando se determinó que navegásemos a Italia, entregaron a Pablo y a otros presos a un centurión llamado Julio, de la compañía de Augusto.
Y embarcándonos en una nave adramitena, íbamos a navegar por los lugares de Asia, estando con nosotros Aristarco, macedonio de Tesalónica.
Y al día siguiente llegamos a Sidón; y Julio, tratando humanamente a Pablo, le permitió que fuese a los amigos para ser atendido.
Y haciéndonos a la mar desde allí, navegamos a sotavento de Chipre, porque los vientos eran contrarios.
Y habiendo navegado el mar de Cilicia y Panfilia, arribamos a Mira, ciudad de Licia.
Y hallando allí el centurión una nave alejandrina que navegaba a Italia, nos embarcó en ella.
Y navegando lentamente por muchos días, y llegando con dificultad frente a Gnido, porque nos impedía el viento, navegamos a sotavento de Creta, frente a Salmón.
Y costeándola con dificultad, llegamos a un lugar llamado Buenos Puertos, cerca del cual estaba la ciudad de Lasea.
Pasado mucho tiempo, y siendo ya peligrosa la navegación, por haber pasado ya el ayuno, Pablo les amonestaba,
diciéndoles: Varones, veo que la navegación va a ser con daño y mucha pérdida, no sólo del cargamento y de la nave, sino también de nuestras personas.
Mas el centurión creía más al piloto y al patrón de la nave, que a lo que Pablo decía.
Y siendo el puerto incómodo para invernar, la mayoría acordó zarpar también de allí, por si pudiesen llegar a Fenice, puerto de Creta que mira al nordeste y al sudeste, para invernar allí.
Y soplando un viento suave del sur, pensando que ya tenían lo que deseaban, levaron anclas e iban pegados a la costa de Creta.
Pero no mucho después dio contra la nave un viento huracanado llamado Euroclidón.
Y siendo arrebatada la nave, y no pudiendo hacer frente al viento, la dejamos llevar.
Y costeando una islilla llamada Claudia, con dificultad pudimos recoger el esquife.
Una vez recogido, usaban de refuerzos, ciñendo la nave; y teniendo temor de dar en la Sirte, arriaron las velas, y quedaron así a la deriva.
Siendo nosotros violentamente sacudidos por la tempestad, al siguiente día alijaron la nave;
y al tercer día, con sus propias manos arrojaron los aparejos de la nave.
No apareciendo ni sol ni estrellas por muchos días, y acosados por una tempestad no pequeña, ya habíamos perdido toda esperanza de salvarnos.
Entonces Pablo, después de haber estado mucho tiempo sin comer, puesto en pie en medio de ellos, dijo: Habría sido conveniente, oh varones, haberme oído, y no haber zarpado de Creta para evitar este peligro y esta pérdida.
Pero ahora os exhorto a tener buen ánimo, porque no habrá ninguna pérdida de vida entre vosotros, sino solamente de la nave.
Porque esta noche ha estado conmigo el ángel del Dios de quien soy y a quien sirvo,
diciendo: Pablo, no temas; es necesario que comparezcas ante César; y he aquí, Dios te ha concedido todos los que navegan contigo.
Por tanto, oh varones, tened buen ánimo; porque confío en Dios que así será como se me ha dicho.
Con todo, es necesario que demos en alguna isla.
Venida la noche decimocuarta, siendo llevados de acá para allá en el mar Adriático, a la medianoche los marineros presintieron que estaban cerca de tierra;
y echando la sonda, hallaron veinte brazas; y pasando un poco más adelante, volviendo a echar la sonda, hallaron quince brazas.
Teniendo temor de dar en escollos, echaron cuatro anclas por la popa, y deseaban que viniese el día.
Y procurando los marineros huir de la nave, y metiendo el esquife al mar, con apariencia de que iban a largar las anclas de proa,
Pablo dijo al centurión y a los soldados: Si éstos no permanecen en la nave, vosotros no podréis salvaros.
Entonces los soldados cortaron las cuerdas del esquife, y le dejaron caer.
Y cuando comenzaba a amanecer, Pablo exhortaba a todos a que comiesen, diciendo: Hoy hace catorce días que esperáis y permanecéis en ayuno, sin haber comido nada.
Por tanto, os ruego que comáis por vuestra salud; pues ni aun un cabello de la cabeza de ninguno de vosotros perecerá.
Y habiendo dicho esto, tomó el pan y dio gracias a Dios en presencia de todos, y partiéndolo, comenzó a comer.
Entonces todos, teniendo ya mejor ánimo, comieron también.
Éramos en la nave doscientas setenta y seis personas en total.
Y cuando hubieron comido hasta saciarse, alijaron la nave, echando el trigo al mar.
Cuando se hizo de día, no reconocían la tierra; pero veían una ensenada que tenía playa, donde acordaron, si pudiesen, varar la nave.
Y quitando las anclas, las abandonaron al mar, desatando también las ataduras del timón; e izando la vela de la proa al viento, se dirigieron a la playa.
Pero dando en un lugar donde dos mares se encontraban, vararon la nave, y la proa, encajándose, se quedó inmóvil; mas la popa se rompía con la violencia del mar.
Entonces los soldados acordaron matar a los presos, para que ninguno se fugase nadando;
pero el centurión, queriendo salvar a Pablo, les impidió este intento, y mandó que los que pudiesen nadar se echasen los primeros, y saliesen a tierra;
y los demás, parte en tablas, parte en pedazos de la nave. Y así aconteció que todos se salvaron saliendo a tierra.