Hechos es universalmente aceptado como canónico por todas las tradiciones cristianas principales. Es el segundo volumen de la obra de Lucas (Lucas-Hechos) y sirve como puente entre los Evangelios y las Epístolas, narrando la expansión de la iglesia primitiva desde Jerusalén hasta Roma.
Hechos
Capítulo 4
Hablando ellos al pueblo, sobrevinieron los sacerdotes, el capitán del templo, y los saduceos,
molestos porque enseñaban al pueblo, y anunciaban en Jesús la resurrección de los muertos.
Y les echaron mano, y los pusieron en la cárcel hasta el día siguiente, porque era ya tarde.
Pero muchos de los que habían oído la palabra, creyeron; y el número de los varones era como cinco mil.
Al día siguiente, se reunieron en Jerusalén los gobernantes, ancianos y escribas,
y Anás el sumo sacerdote, y Caifás, y Juan, y Alejandro, y todos los que eran de la familia de los sumos sacerdotes.
Y poniéndolos en medio, les preguntaron: ¿Con qué poder, o en qué nombre, habéis hecho vosotros esto?
Entonces Pedro, lleno del Espíritu Santo, les dijo: Gobernantes del pueblo, y ancianos de Israel:
si hoy se nos interroga acerca del beneficio hecho a un hombre enfermo, de cómo éste ha sido sanado,
sea notorio a todos vosotros, y a todo el pueblo de Israel, que en el nombre de Jesucristo de Nazaret, a quien vosotros crucificasteis y a quien Dios resucitó de los muertos, por él este hombre está aquí en vuestra presencia sano.
Este Jesús es la piedra reprobada por vosotros los edificadores, la cual ha venido a ser cabeza del ángulo.
Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos.
Entonces viendo la denuedo de Pedro y de Juan, y sabiendo que eran hombres sin letras e indoctos, se maravillaban; y les reconocían que habían estado con Jesús.
Y viendo al hombre que había sido sanado, que estaba en pie con ellos, no podían decir nada en contra.
Entonces les mandaron salir fuera del concilio, y conferenciaban entre sí,
diciendo: ¿Qué haremos con estos hombres? Porque de cierto, señal notoria ha hecho por medio de ellos, es manifiesta a todos los que moran en Jerusalén, y no lo podemos negar.
Sin embargo, para que no se divulgue más entre el pueblo, amenacémosles que no hablen más a ninguno en este nombre.
Y llamándolos, les intimaron que en ninguna manera hablasen ni enseñasen en el nombre de Jesús.
Mas Pedro y Juan respondiendo, les dijeron: Si es justo delante de Dios obedecer a vosotros antes que a Dios, juzgad vosotros.
Porque no podemos dejar de decir lo que hemos visto y oído.
Entonces ellos, después de amenazarlos, los soltaron, no hallando modo de castigarles, por causa del pueblo; porque todos glorificaban a Dios por lo que se había hecho.
Porque el hombre en quien se había hecho esta señal de sanidad, tenía más de cuarenta años.
Y puestos en libertad, vinieron a los suyos y contaron todo lo que los principales sacerdotes y los ancianos les habían dicho.
Y ellos, al oírlo, alzaron unánimes la voz a Dios, y dijeron: Soberano Señor, tú eres el Dios que hiciste el cielo y la tierra, el mar y todo lo que hay en ellos;
que por boca de David tu siervo dijiste: ¿Por qué se amotinan las gentes, y los pueblos piensan cosas vanas?
Se reunieron los reyes de la tierra, y los príncipes se juntaron en uno contra el Señor, y contra su Cristo.
Porque verdaderamente se unieron contra tu santo Hijo Jesús, a quien ungiste, Herodes y Poncio Pilato, con los gentiles y el pueblo de Israel,
para hacer cuanto tu mano y tu consejo habían antes determinado que sucediera.
Y ahora, Señor, mira sus amenazas, y concede a tus siervos que con todo denuedo hablen tu palabra,
mientras extiendes tu mano para que se hagan sanidades, señales y milagros mediante el nombre de tu santo Hijo Jesús.
Cuando hubieron orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron llenos del Espíritu Santo, y hablaban la palabra de Dios con denuedo.
Y la multitud de los que habían creído era de un corazón y un alma; ninguno decía ser suyo propio nada de lo que poseía, sino que tenían todas las cosas en común.
Y los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor Jesús con gran poder; y gran gracia era sobre todos ellos.
Así que no había entre ellos ningún necesitado; porque todos los que poseían heredades o casas, las vendían, y traían el precio de lo vendido,
y lo ponían a los pies de los apóstoles; y se repartía a cada uno según su necesidad.
Entonces José, a quien los apóstoles llamaban Bernabé (que traducido es, Hijo de consolación), levita, natural de Chipre,
como tenía una heredad, la vendió y trajo el dinero y lo puso a los pies de los apóstoles.