Hechos es universalmente aceptado como canónico por todas las tradiciones cristianas principales. Es el segundo volumen de la obra de Lucas (Lucas-Hechos) y sirve como puente entre los Evangelios y las Epístolas, narrando la expansión de la iglesia primitiva desde Jerusalén hasta Roma.
Hechos
Capítulo 9
Saulo, respirando aún amenazas y muerte contra los discípulos del Señor, vino al sumo sacerdote,
y le pidió cartas para las sinagogas de Damasco, a fin de que si hallase algunos hombres o mujeres de este Camino, los llevase presos a Jerusalén.
Mas yendo por el camino, aconteció que al llegar cerca de Damasco, súbitamente le rodeó un resplandor de luz del cielo;
y cayendo en tierra, oyó una voz que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues?
Él dijo: ¿Quién eres, Señor? Y el Señor dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar coces contra el aguijón.
Él, temblando y temeroso, dijo: Señor, ¿qué quieres que yo haga? Y el Señor le dijo: Levántate y entra en la ciudad, y se te dirá lo que debes hacer.
Y los hombres que iban con Saulo se pararon atónitos, oyendo a la verdad la voz, pero sin ver a nadie.
Entonces Saulo se levantó de tierra, y abriendo los ojos, no veía a nadie; así que, llevándole por la mano, le metieron en Damasco,
donde estuvo tres días sin ver, y no comió ni bebió.
Había entonces en Damasco un discípulo llamado Ananías, a quien el Señor dijo en visión: Ananías. Y él respondió: Heme aquí, Señor.
Y el Señor le dijo: Levántate y ve a la calle que se llama Derecha, y busca en casa de Judas a uno llamado Saulo, de Tarso; porque he aquí, él ora,
y ha visto en visión a un varón llamado Ananías, que entra y le pone la mano encima para que recobre la vista.
Entonces Ananías respondió: Señor, he oído de muchos acerca de este hombre, cuántos males ha hecho a tus santos en Jerusalén;
y aun aquí tiene autoridad de los principales sacerdotes para prender a todos los que invocan tu nombre.
Y el Señor le dijo: Ve, porque instrumento escogido me es éste, para llevar mi nombre en presencia de los gentiles, y de reyes, y de los hijos de Israel;
porque yo le mostraré cuánto le es necesario padecer por mi nombre.
Fue entonces Ananías y entró en la casa, y poniéndole las manos encima, dijo: Hermano Saulo, el Señor Jesús, que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recobres la vista y seas lleno del Espíritu Santo.
Y al instante le cayeron de los ojos como escamas, y recibió al instante la vista; y levantándose, fue bautizado.
Y habiendo tomado alimento, recobró fuerzas. Y estuvo Saulo por algunos días con los discípulos que estaban en Damasco.
En seguida predicaba a Cristo en las sinagogas, diciendo que éste era el Hijo de Dios.
Y todos los que le oían estaban atónitos, y decían: ¿No es éste el que asolaba en Jerusalén a los que invocaban este nombre, y a eso vino acá, para llevarlos presos ante los principales sacerdotes?
Pero Saulo mucho más se esforzaba, y confundía a los judíos que moraban en Damasco, demostrando que Jesús era el Cristo.
Pasados muchos días, los judíos acordaron matarle;
pero las asechanzas de ellos llegaron a conocimiento de Saulo. Y ellos guardaban las puertas día y noche para matarle.
Entonces los discípulos, tomándole de noche, le bajaron por el muro, descolgándole en una canasta.
Cuando Saulo llegó a Jerusalén, trataba de juntarse con los discípulos; pero todos le tenían miedo, no creyendo que fuese discípulo.
Entonces Bernabé, tomándole, le llevó a los apóstoles, y les contó cómo en el camino había visto al Señor, y que le había hablado, y cómo en Damasco había predicado denodadamente en el nombre de Jesús.
Y estuvo con ellos en Jerusalén, entrando y saliendo.
Y hablaba y disputaba con los griegos; pero éstos procuraban matarle.
Cuando lo supieron los hermanos, le llevaron a Cesarea, y le enviaron a Tarso.
Entonces las iglesias tenían paz por toda Judea, Galilea y Samaria; y eran edificadas, andando en el temor del Señor, y se acrecentaban con el consuelo del Espíritu Santo.
Y aconteció que Pedro, visitando a todos, vino también a los santos que habitaban en Lida.
Y halló allí a un hombre llamado Eneas, que desde hacía ocho años estaba en cama, pues era paralítico.
Y le dijo Pedro: Eneas, Jesucristo te sana; levántate, y haz tu cama. Y él se levantó inmediatamente.
Y le vieron todos los que habitaban en Lida y en Sarón, los cuales se convirtieron al Señor.
Había entonces en Jope una discípula llamada Tabita, que traducido quiere decir, Dorcas. Ésta abundaba en buenas obras y en limosnas que hacía.
Y aconteció que en aquellos días enfermó y murió; a la cual, después de lavada, la pusieron en una sala.
Y como Lida estaba cerca de Jope, los discípulos, oyendo que Pedro estaba allí, le enviaron dos hombres, a rogarle: No te detengas en venir hasta nosotros.
Levantándose entonces Pedro, fue con ellos; y cuando llegó, le llevaron a la sala, donde le rodearon todas las viudas, llorando y mostrando las túnicas y los vestidos que Dorcas hacía cuando estaba con ellas.
Pero Pedro, haciendo salir a todos, se puso de rodillas y oró; y volviéndose al cuerpo, dijo: Tabita, levántate. Y ella abrió los ojos, y al ver a Pedro, se incorporó.
Y él le dio la mano, y la levantó; entonces, llamando a los santos y a las viudas, la presentó viva.
Esto fue notorio en toda Jope, y muchos creyeron en el Señor.
Y aconteció que se quedó Pedro muchos días en Jope, en casa de cierto Simón, curtidor.